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Rafael Rodríguez

¿Somos los chilenos ladrones?

Rafael Rodríguez Presidente Seminarium Penrhyn International

Por: Rafael Rodríguez | Publicado: Jueves 10 de mayo de 2018 a las 04:00 hrs.
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Acabo de reponer la rueda de repuesto del auto que me fue robada estando éste estacionado. Este delito ha sido cometido miles de veces. El costo asumido entre la compañía de seguros y el deducible debe ser equivalente a unas diez veces el beneficio obtenido por el ladrón, costo que se repite las mismas miles de veces en que este delito ha sido cometido. Los autos también sufren el robo de los espejos retrovisores. Nuevamente, se podría estimar que en este caso, el costo para las desafortunadas víctimas es del orden de diez veces el beneficio que obtiene el ladrón.

Hace años sufrí el robo de mi casa, cuatro veces, tres de ellas afortunadamente sin que hubiera nadie. El costo fue en esos casos más que diez veces mayor; hubo que poner vidrios nuevos, chapas y finalmente un sistema de seguridad adicional que se sumó a la reposición de las cosas robadas.

Estas experiencias no son anecdóticas. A cada rato sé de historias similares, de personas que trabajan en la oficina, amigos, parientes, en fin. Así es como he llegado a tener la sensación de que es un problema nacional.

Busqué información dura que corroborase esta sensación y encontré el Informe de Victimización de Paz Ciudadana en conjunto con Adimark, que señala que cerca de un 40% de las personas que viven en hogares en Chile han sufrido robo o hurto en los últimos seis meses, que sólo la mitad denuncia y que la mayoría está insatisfecha con la respuesta a dichas denuncias. Peor aún, un 25% de los hogares ha sufrido más de un robo en los mismos seis meses. Si se extrapolan estas cifras a un año, el número de robos que experimentamos los chilenos es mayor que el número de hogares que hay en Chile.

Voy a aventurar una hipótesis. Si a las cifras anteriores se suman los robos menores, que van desde el robo de un sándwich en el colegio y de unos dulces en el kiosko, hasta la falsificación de la declaración de impuestos de Hugo Bravo, pasando por el robo de plata que ocurre al otorgar licencias médicas falsas, el no devolver un vuelto en exceso, el no pagar el Transantiago o el Metro, las fotocopias de textos personales en la oficina, entre muchos otros, se podría llegar fácilmente a que el número de robos excede con largueza ya no los hogares sino que el número de habitantes de nuestro país, en proporción significativa, y su costo lo ubica como uno de los mayores respecto del PGB. Algunos tienen la desfachatez de llamarlo eufemísticamente transferencias, pero en la práctica hay que trabajar una parte del año para los ladrones. Es un impuesto adicional.

Me encantaría encontrar un estudio que mida el costo social de este delito, el que incluya el costo de los bienes robados, más el costo de prevención, persecución y castigo de los pocos que se logra identificar. La cifra seguramente va a ser escandalosa; pero lo más perturbador es que para cometer un robo tiene que haber un ladrón. Definiendo en forma amplia el robo, el número de ladrones, desde poco ladrones hasta muy ladrones, tiene que ser muy alto. Si es más de la mitad, quiere decir que somos un país de ladrones, al menos mayoritariamente. No estoy acusando a nadie en particular, no soy quien para hacerlo; sólo pretendo levantar un tema que merece una atención mayor.

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