Rodrigo Aravena

Chile y el new normal

Economista Jefe Banco de Chile

Por: Rodrigo Aravena | Publicado: Lunes 28 de marzo de 2016 a las 04:00 hrs.
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La débil recuperación de la economía mundial post crisis y todo lo que ello ha acarreado, como las bajísimas tasas de interés de largo plazo, el aumento en los niveles de deuda pública y la aplicación de tasas de interés negativas en algunas economías desarrolladas, ha estado en el centro de la discusión global. Y la persistencia de este cuadro plantea la posibilidad de que la economía global esté entrando en un new normal. Un año atrás, la presidenta de la Reserva Federal expuso en la conferencia The new normal monetary policy, realizado en San Francisco, mientras que el FMI también ha utilizado en diversas ocasiones este término para referirse a las condiciones actuales de la economía.

¿En qué estamos en Chile? Hablando cada día más de crecimiento y quizás acostumbrándonos a reducciones continuas en sus expectativas. Si la semana pasada el Ministerio de Hacienda ajustó la estimación de crecimiento del PIB a 2,0% para 2016, es probable que el IPoM que dará a conocer hoy el Banco Central también muestre un ajuste en esa dirección. Dado que a estas alturas parece inminente que este año nuevamente el crecimiento será muy bajo, debemos preguntarnos si es que acaso Chile también se encuentra inaugurando un new normal, en el cual el 2,0% de crecimiento es una cifra que nos acompañará por un buen tiempo más.

Debemos estar conscientes que las implicancias son significativas. A modo de ejercicio, comparemos los efectos de largo plazo en dos escenarios: uno en el cual Chile mantiene un crecimiento promedio de 5,3% (como el observado entre 2010 y 2013) y otro en el cual crecería permanentemente al 2,0%, como ha sido la tónica desde 2014. Esta desaceleración implicaría, por ejemplo, triplicar el número de años para alcanzar los US$ 30.000 per cápita PPP. Asimismo, las diferencias en niveles agregados de PIB serían superiores a US$ 50.000 millones, lo cual casi equivale a un año actual de gasto fiscal. Si esta diferencia se mantuviera hacia el año 2030, el tamaño total de PIB sería superior en cerca de 60%. Y así podríamos dar una larga lista de diferentes impactos sobre capacidad de generación de empleo, cuentas fiscales, tasas de interés de largo plazo, entre otros. Pero más allá de alargar la lista con ejemplos cuantitativos, los impactos y efectos de largo plazo son relevantes.

Por lo tanto, tenemos un tremendo desafío por delante. Debemos estar conscientes de que gran parte de las condiciones extraordinarias que nos acompañaron en años previos simplemente no estarán. Y, por ende, debemos ver cómo nos acomodamos a las nuevas condiciones macroeconómicas de largo plazo, marcadas por menores precios de commodities, ralentización del crecimiento en China y un deterioro algo más pronunciado en la región. Esto implica reconocer que no es descartable que la desaceleración sea más bien estructural y que el esperado punto de inflexión en el ciclo simplemente no se dará de manera tan automática, de la mano de medidas fiscales y monetarias. Adicionalmente, esto nos exige destinar más recursos y energías a discutir temas que son relevantes desde un punto de vista estructural, sobre todo para mitigar -aunque sea parcialmente- algunos factores como la baja en la inversión minera y el menor crecimiento de la población, por citar algunos.

Ante este panorama global, que también se hace evidente en Chile, hoy existe evidencia abrumadora sobre la importancia de mejorar la productividad y contar con buenos niveles de confianza en el sector privado. Esto nos da luces sobre la importancia de avanzar en la agenda de productividad, implementar inversiones en sectores como infraestructura y energía y, sobre todo, poner el crecimiento al centro de análisis en las discusiones de reformas estructurales.

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