Rodrigo Aravena

El optimismo del nuevo ciclo

Por: Rodrigo Aravena | Publicado: Viernes 10 de noviembre de 2017 a las 04:00 hrs.
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Durante un buen tiempo (demasiado, en mi opinión) los temas presentes en la discusión pública fueron bastante negativos. Chile tuvo una caída significativa en el crecimiento económico (desde 5% a menos de 2% sólo en un par de años), con expectativas en zona pesimista por un período de tiempo sin precedentes, con estimaciones a la baja y una creciente deuda fiscal. Sin embargo, elementos como la mejora en el escenario externo, el alza en el precio del cobre y, sobre todo, la recuperación de las expectativas locales sugieren que lo peor habría quedado atrás. Si a eso añadimos las elecciones presidenciales que se desarrollarán la próxima semana, definitivamente podemos decir que estamos ante la presencia de un nuevo ciclo.

No cabe duda que esto constituye una buena noticia. Pero creo que, al mismo tiempo, tenemos una oportunidad de realizar diversos ajustes, corregir errores y, al final del día, enmendar el rumbo hacia un crecimiento y desarrollo más sostenible en el largo plazo. En este contexto, creo que sería importante enfocarse en los siguientes tres aspectos.

Primero, realizar un diagnóstico realista de la economía chilena, que considere la caída en la capacidad de crecimiento que ha tenido el país en los últimos años. De acuerdo a las cifras del comité de PIB tendencial convocado por Hacienda, la capacidad de crecimiento de Chile ha caído desde 5% en 2012 a sólo un 2,7% este año, la más baja desde mediados de los ochenta. Cuando vemos que la formación Bruta de Capital Fijo ha tenido una caída consecutiva de 4 años, nadie podría discutir que la mayor parte de la merma en la capacidad de crecimiento ha sido consecuencia de la inversión. Si bien podemos debatir largamente sobre la preponderancia que han tenido factores externos (como el término del ciclo minero) respecto de los locales (como la incertidumbre y los efectos asociados a diversas políticas internas), lo relevante es la conclusión: de no introducir cambios relevantes, tendremos que conformarnos con un menor crecimiento de largo plazo.

El segundo punto es reconocer que ha existido un importante deterioro fiscal y que, por ende, no hay espacio para impulsar la demanda por la vía del gasto fiscal. La aceleración de la deuda del gobierno (alrededor del 60% del aumento desde 2007 se ha generado sólo en los últimos tres años) y el recorte de la clasificación crediticia son sólo algunos de los elementos que sugieren que el espacio para aumentar el gasto es muy limitado. Es más, incluso podemos pensar que de persistir esta tendencia se podrían generar distorsiones en precios clave de la economía, como la inflación y el tipo de cambio. De esta manera, es necesario promover fuentes de crecimiento asociadas a la oferta más que a la demanda.

Un tercer punto a considerar, que menciono brevemente (aunque realmente da para mucho), es que no da lo mismo la calidad ni, sobre todo, la implementación de las políticas públicas. Hemos visto que debido al menor crecimiento del país ha existido una fuerte caída en la velocidad de generación de puestos de trabajo, un deterioro en la calidad de éstos y una moderación de los salarios. Diversas fuentes, como el Informe de Percepción de Negocios publicado por el Banco Central, han sido inequívocas al señalar el rol que han tenido diversas reformas (en términos del diseño, implementación e incertidumbre) sobre las decisiones de producción e inversión.

Si bien los factores externos han tenido un rol importante, no debemos descuidar lo que está a nuestro alcance. La buena noticia es que justamente son los ciclos positivos, como el que probablemente tendremos desde 2018, los que permiten realizar ajustes no dolorosos en el país. La deuda ha subido, pero aún es baja en relación a otros países. La inversión ha caído, pero aún existen proyectos importantes en carpeta y no tenemos desequilibrios macro significativos. Aún tenemos tiempo para enmendar el rumbo al desarrollo.

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