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Si es mercado, no es meritocracia

Felipe Schwember Augier Universidad Adolfo Ibáñez

Por: Felipe Schwember Augier | Publicado: Martes 10 de marzo de 2020 a las 04:00 hrs.
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Felipe Schwember Augier

El mérito es uno de los conceptos más socorridos a la hora de intentar ofrecer una justifica-ción moral del mercado: el mercado sería justo porque recompensaría a aquellos que tienen más o mayor mérito. Es curioso que esta idea haya calado tanto en la opinión pública. Los autores que ofrecen una justificación del libre mercado no suelen recurrir a ella. Es más, suelen desecharla sin vacilaciones.

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¿Por qué? Porque la idea de que el mercado distribuya de acuerdo al mérito de cada cual es falsa e, incluso, si se la examina bien, injusta. Intente el lector dar algún contenido preciso al concepto de “mérito”. ¿Quiénes tienen más mérito? ¿Los que más se esfuerzan? ¿Los más virtuosos? ¿Los más capaces o inteligentes, tal vez?

Imagine el lector que concordamos en el establecimiento de una pauta distributiva conforme a cualquiera de esos conceptos ¿Cómo debería organizarse la sociedad de modo a satisfacer ese criterio distributivo? ¿Qué tan lejos deberíamos llegar luego en el establecimiento de instituciones, funcionarios, etc., que fiscalizaran el cumplimiento del criterio escogido? Aunque las dificultades operativas de una pauta ideada según la idea de mérito son considerables (de hecho, uno podría imaginar varias distopías, con sus respectivas inquisiciones, a partir de ellas), el problema central de las mismas es la injusticia que suponen: hacen desaparecer el espacio de libertad individual que asegura el mercado.

El mercado, tal como existe, nos ahorra este tipo de problemas y salva dichos espacios. “Tal como existe” significa “sin una noción centralizada de mérito”. En él cada uno compra y vende para sí lo que prefiere, cuando prefiere, según cómo lo valora, etc. Existe la posibilidad, claro, de que algunas personas encuentren deplorable ese hecho, que consideren que resulta injusto que un futbolista o una cantante de pop gane tantas, tantísimas veces más, incluso, que un violinista o un profesor de filosofía. Sin embargo, dejando a un lado el paternalismo, el aristocratismo o la ingenuidad de críticas semejantes, lo más razonable es admitir que la distribución que es resultado de intercambios libres que no dañan a terceros es justa.

Con todo, es inevitable pensar que el mercado es injusto cuando además se cree —por las razones que sea— que 1) los talentos naturales son inmerecidos y 2) que la vida en sociedad se asemeja a una carrera de unos contra otros. Tomás Sánchez decía en una columna la semana pasada que “fácil es hablar de mérito cuando comenzamos la carrera con ventaja”. Pero, ¿de qué carrera está hablando? ¿Hay alguna meta unificada a la que todos debamos llegar? ¿Y por qué deberíamos hablar a partir de una noción unificada de mérito?

Tal vez esta idea, así como su convicción de que sus logros no tienen mucha “gracia”, le lleven a decir que “la clásica dicotomía planteaba la justicia por un lado y la libertad por otro. Comunismo versus libertarios”. Esta es una descripción que no admitirían ni comunistas ni libertarios. Por lo demás, si el comunismo está en el polo de la justicia, ¿por qué no abogar derechamente por él? Y ¿cómo debemos considerar según esto la libertad? ¿Como un mal necesario?

El mercado es un sistema de oportunidades, no de distribución de acuerdo al mérito. La vida no es una carrera. La confusión acerca de los presupuestos normativos del mercado no puede más que socavar su funcionamiento. Al final, por muy eficiente que sea, ningún sistema puede sostenerse si quienes lo tienen que administrar no lo entienden o son incapaces de advertir su justicia.

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