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Padre Raúl Hasbún

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El Colegio de Contadores ha reclamado públicamente por la extraordinaria complejidad de las nuevas normas tributarias: afectarán la relación con sus clientes, expondrán a errores e inconsistencias que podrían originar subidas multas, impondrán abrumadora carga laboral previa y posterior a la Declaración de Renta, y requerirán apoyo y sostén emocional para sus asociados. Complejidad laberíntica agravada por tratarse de una transferencia coactiva de dinero que el trabajador le hace al Fisco: eso es un “impuesto”. Hacer fácil, simple y menos ingrata esta expropiación es lo menos que un contribuyente tiene derecho de exigir.

La simplicidad, entendida como natural consecuencia de la ley del menor esfuerzo, es un atributo altamente valorado en la vida social. Famoso es el nombre de Simplicio, filósofo griego del siglo VI que comentó con brillo las obras de Aristóteles. Hubo un Papa que eligió llamarse Simplicio, el año 468, y honró su nombre velando con celo por la unidad de la Iglesia. Francisco Simplicio, barcelonés nacido en 1874, adquirió celebridad mundial como fabricador de guitarras. La sola existencia y voluntaria elección de tal nombre y apellido testimonian el valor que los humanos otorgan a esta ausencia de complicaciones, en tareas que deben y pueden desempeñarse según la refrescante lógica de la línea recta.

Vemos a diario ejemplos de complicaciones autoinfligidas. ¿Cuántos goles se producen en el propio arco porque el portero y sus adláteres pretenden salir jugando como si no tuviesen adversarios al frente? ¿Cuántos usuarios de un servicio desistimos, exasperados, de seguir llamando a la empresa proveedora, porque su inevitable call center no hace sino derivarnos a uno y otro número y operador, sin respuesta humana presencial? ¿Cuántos inversionistas y emprendedores desisten de sus proyectos, abrumados por la acumulación interminable de ventanillas, trámites, certificados, esperas y silencios administrativos que caracterizan toda gestión innovadora? Un duendecillo, en rigor un demonio, se apodera de los espíritus inoculándoles su regla de oro: “¿para qué hacer algo fácil, si podemos hacerlo más difícil?”.

Alivia y regocija la simplicidad de Dios. Dios es simple como los niños y ya por eso los niños son los preferidos de Dios. Un niño quiere algo y lo dice sin rodeos. Dios no necesita a nadie pero llama a trabajar con él sin rodeos: “Sígueme”. Y punto. Jesucristo nos enseñó a hablar en simple: “Sí, sí; No, no. Todo lo demás viene del Maligno”. El Maligno disfruta haciendo complicado lo simple: así nadie entiende nada y todos se desesperan como él, el Gran Desesperado. Las burocracias hábiles en complicarlo todo son el preuniversitario del infierno.

Ante discusiones rabínicas que cifraban en 613 los mandamientos divinos, Jesús los redujo a uno solo: “Ámense unos a otros tal como Yo los amé”. Contadores y abogados tributaristas esperan, con ansiedad y angustia vital, que nuestras burocracias se contagien de esta divina simplicidad.

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