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Columnistas

15/06/2017

Terminemos con el “activismo” en el Banco Central

Tomás izquierdo Socio GEMINES CONSULTORES

  • Por Tomás izquierdo

    Tomás izquierdo

    Algunos prestigiados economistas de la plaza sostienen que en la medida que la actividad sigue muy floja, que el mercado laboral se ha deteriorado adicionalmente, y que la inflación no parece amenazante, quedaría espacio para seguir recortando la TPM. Respecto de esto, parece responsable hacer un análisis frio, que nos permita volver a poner en el centro el mandato legal que tiene nuestro instituto emisor.

    Primero, el Banco Central tiene el mandato de la estabilidad de precios, para lo cual tiene un rango meta, y de pagos internos y externos, no tiene un mandato específico respecto a propiciar el pleno empleo de la economía. Sí le incumbe la actividad interna y las brechas de capacidad por su eventual impacto sobre los costos y los precios, por lo que, en la medida que se observa mayor debilidad en el crecimiento y en el mercado laboral, eventualmente tiene una mayor holgura en materia de presiones inflacionarias, pero principalmente en lo que se refiere a los bienes y servicios no transables. Así, consecuente con su mandato, hasta ahí la preocupación directa que podría tener sobre la actividad interna el instituto emisor, cuestión que parece relevante en el contexto de una suerte de activismo que ha surgido con fuerza en el Banco Central en los últimos meses, que deja la impresión de que está recibiendo presiones políticas para “colaborar” a apurar un repunte en el ritmo de crecimiento.

    Segundo, aun asumiendo, como ficción, que es parte de la tarea de la autoridad monetaria estimular el crecimiento y el pleno empleo, cabe preguntarse cuál es el poder real de hacer un aporte en esta materia a través del manejo de su TPM. Recordemos que el actual nivel de la TPM, 2,5%, es negativo si tomamos las expectativas inflacionarias de mercado a un año plazo. Recordemos, además, que las tasas de interés de mercado, a distintos plazos, se encuentran cercanas a sus niveles históricos más bajos. Recordemos, por último, que la razón que ha mantenido deprimida la inversión, el empleo y el crecimiento en los últimos tres años, tiene poco que ver con el costo del crédito, y que se encuentra más bien ligada al escenario político, a los cambios regulatorios en temas claves, al fuerte freno en la inversión minera y, eventualmente, a algunos temas más estructurales, ninguno ligado al costo del financiamiento, que de hecho, insisto, se ha mantenido atractivo, tanto el interno como el externo, por un largo período de tiempo.

    Lo que sí puede lograr una baja adicional en la TPM, en la medida que bajen aún más las tasas de mercado, es una presión adicional al alza sobre el tipo de cambio, cuestión que, tal cual sucedió hace algunos años, puede tener un efecto rápido e intenso sobre los niveles de inflación, tal cual sucedió en el último desborde inflacionario, que de hecho duró dos años y cuatro meses, hasta julio del año pasado.

    Se debe entender, de una vez por todas, que el grueso de la inflación en Chile se explica por la parte transable de la canasta del IPC, que representa más del 60% de ponderación en el total de los precios, y que registra una mucho mayor varianza. Sobre esto, si queremos una buena estimación futura de la trayectoria del IPC, el mejor estimador es el precio de los bienes importados y la trayectoria del tipo de cambio. Este año el propio Banco Central estima que los precios externos que Chile importa tendrán un alza positiva de 2,4% promedio, a diferencia de la caída de 2,7% que anotaron el año pasado. Si a esto le agregamos una eventual alza adicional en el valor del dólar, estaremos nuevamente “despertando” al monstruo de la inflación, que, tal cual su último desborde, puede reaparecer en medio de una economía de bajo crecimiento y con holguras de capacidad.

    Por último, si están pensando en recuperar un mayor crecimiento, sépase que al menos en el corto plazo la devaluación es contractiva para la actividad y el empleo, toda vez que resta dinamismo al sector no transable, que de hecho representa más de dos tercios del empleo total de la economía.

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