Tomás Sánchez

Dividendos, golpe bajo

“Si una gran empresa le pide ayuda al Estado, es porque tiene un problema que no puede solventar sola. Si para resolverlo no está dispuesta a sacrificar sus dividendos, no era tal el problema”.

Por: Tomás Sánchez | Publicado: Lunes 4 de mayo de 2020 a las 14:46 hrs.
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Los acuerdos no se sostienen con buena voluntad, pero los mercados se basan en la buena fe. Empresas se lanzan al mercado con la creencia, no la certeza, de que existirá una sana competencia, donde quienes se desempeñen mejor y sean capaces de generar valor, recibirán lo merecido: utilidades legítimamente ganadas. Sin embargo, cuando los dividendos provienen no de hacer mejor la pega, sino que de ganarle al sistema y vulnerar el espíritu de la ley, se pierde la buena fe y se descubre que hubo un mal acuerdo.

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Hoy más que nunca, lo perfecto es enemigo de lo bueno. La celeridad es clave y, por lo mismo, la sociedad ha estado fusta en mano exigiendo velocidad a Gobierno y Congreso. Todos nosotros, ciudadanos a través del Estado, nos metimos la mano al bolsillo, sacrificando consumo futuro o inversiones alternativas, para resguardar empresas y empleo. Tan importante como el ingreso y dignidad de millones de trabajadores, son las capacidades de generar valor que se han creado en empresas, y que, en caso de sus quiebras, el costo para la sociedad va más allá que sólo los empleos directos. Son miles de soluciones, de cadenas de creación de valor complejas, de industrias que ha costado décadas sofisticar, y una caída sería mucho más que el costo para sus accionistas.

Conscientes de lo anterior, hubo una cuota de buena voluntad, y probablemente menos de letra chica, para salir al rescate. Sin embargo, cuando empresas que se acogen a los beneficios excepcionales y aun así reparten dividendos más allá de lo legalmente exigido, se ríen en la cara de sus empleados, clientes e incluso inversionistas, porque estos últimos antes que accionistas, son ciudadanos. Cuando enfrentamos una crisis económica de nivel histórico, pedirles plata a todos, para repartirle a unos pocos privilegiados, es un golpe bajo a la empresa como tal. Es socavar la legitimidad del mercado como asignador de recursos y de la empresa como creadora de valor.

Los recursos son finitos, por lo que se priorizan en los más vulnerables. Si una gran empresa le pide ayuda al Estado, es porque tiene un problema que no puede solventar sola. Si para resolverlo no está dispuesta a sacrificar sus dividendos, no era tal el problema y no debería quitarles recursos a quienes sí los necesitan.

Las justificaciones sobran cuando se transgrede lo esencial. La empresa como institución hay que cuidarla, es probablemente uno de los mejores inventos de la humanidad. Ni vacunas ni luz eléctrica habrían llegado muy lejos sin una empresa de por medio. Con las empresas no se debiera jugar, con su legitimidad menos y con la fe pública tampoco.

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