Columnistas

Una cultura de colusión

Javier Pinto Garay Académico UAndes, Asociación de Ética Empresarial y Organizacional

Por: Javier Pinto Garay | Publicado: Miércoles 15 de enero de 2020 a las 04:00 hrs.
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Javier Pinto Garay

Las prácticas colusivas son hoy un asunto clave en los cambios sociales que vive el país. Así, debemos preguntarnos si el problema de la colusión sólo se ha gatillado por una legislación deficiente y si se resuelve con una normativa más completa. Sin embargo, pareciera que no sólo debe abordarse con más y mejores normativas, ya que es también —y especialmente— un asunto de cultura comercial y de una mejor educación de los actores empresariales.

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La indignación social que ha provocado la colusión nace del engaño que esta práctica significa, y que se refiere especialmente a una defraudación que afecta a la naturaleza social del mercado. Se daña la expectativa que la ciudadanía tiene del mercado como instrumento de desarrollo social. Lo que, en efecto, cabe esperar de un buen mercado es la promoción del bienestar social (una economía social de mercado), es decir, que la libre competencia permita el acceso a bienes y servicios; y en particular aquellos que son primera necesidad. La colusión, en cambio, hace todo lo contrario: limita el acceso o lo encarece. En este sentido, la práctica colusiva no es sólo un asunto de consumo, sino un grave problema para todos aquellos que entendemos el mercado como pilar fundamental para el desarrollo y para el acceso equitativo a mayores estándares de bienestar.

¿Cómo terminar con la colusión? Si bien la autoridad puede disponer con más o menos acierto de políticas, reglamentos y normativas anti colusivas (como la delación compensada, las penas de cárcel, las multas, la observación permanente del comportamiento de precios, la auditoria de mercados sensibles, etc.), el problema no es sólo de más o menos legislación. La ley permite corregir las malas prácticas y a veces incentivar los buenos comportamientos comerciales. Pero esto es limitado. Simplemente prohibir una práctica no la termina, como sucedió con la Ley Seca en Norteamérica. Las buenas prácticas comerciales -reforzadas por una buena legislación- descansan especialmente en una buena cultura de negocios que se forma desde los primeros años de la educación universitaria de los futuros gerentes y directivos.

Las universidades y escuelas de negocios cumplen un rol fundamental, particularmente a largo plazo. La comprensión del mercado, que reviste aspectos técnicos complejos, debe ser abordada también en el contexto de un marco normativo. Así, es importante que la formación de profesionales refuerce una narrativa acerca del mercado, la empresa y el trabajo que recoja el sentido social de la actividad comercial.

Naturalmente no hay recetas mágicas, pero será síntoma de que nuestro país está realmente preocupado del valor social del mercado cuando verifiquemos un aumento significativo de las clases de ética empresarial y profesional, de filosofía política, de historia del pensamiento económico y de los hechos económicos, etc. En fin, la colusión, con toda la gravedad y complejidad que reviste, debe ser abordada principalmente por la cultura, y no sólo por la legislación.

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