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Valentina Verbal

Lo que no se ve

Valentina Verbal Historiadora, directora de Formación de Horizontal

Por: Valentina Verbal | Publicado: Jueves 14 de febrero de 2019 a las 04:00 hrs.
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Frederic Bastiat, el gran economista francés del siglo XIX, decía que los buenos economistas son los que saben distinguir no sólo lo que se ve, sino también —y, sobre todo— lo que no se ve. Esto, en otras palabras, significa que, aunque no pocas veces determinados hechos o decisiones económicas se vean como favorables, en realidad sus consecuencias suelen ser funestas. Esto último es lo que no se ve.

Imagen foto_00000002El ejemplo emblemático que pone Bastiat tiene relación con la célebre falacia de los vidrios rotos. Se trata del caso de un niño que rompe la vitrina de una tienda, una tragedia para el comerciante. No sólo deberá cerrar por unos días, sino que se verá obligado a gastar una parte no contemplada de su presupuesto. Ese comerciante, claro, deberá reponer los cristales de su vitrina antes de que sus clientes se pasen a la competencia.

Sin embargo, dice Bastiat, con mucha frecuencia los economistas (y también los políticos) creen que lo anterior no es realmente un drama, si se atiende a las consecuencias positivas que el hecho referido puede provocar. Mirando el vaso medio lleno, surge la pregunta: “¿Qué sería de los vidrieros si los vidrios no se rompiesen?”. Esto es lo que se ve, subraya Bastiat. Y también suele verse que un hecho como este tendrá positivos efectos no sólo para el vidriero, sino también para sus proveedores, trabajadores, etc. Se trataría de una cadena de positivas consecuencias que, más que lamentar, habría que celebrar.

Pero, ¿qué es lo que no se ve, si las cosas se miran desde el lado del comerciante? Básicamente, que los costos implicados en el cierre de la tienda y en la reposición de la vitrina podrían haberse destinado a comprar más productos, a satisfacer mejor a sus consumidores, a contratar otros trabajadores, etc. Es decir, lo que no se ve es que otra cadena de consecuencias positivas dejó de producirse.

Pero Bastiat amplía su análisis a decisiones políticas deliberadas, como la subvención en favor de determinados artistas. “¿Debe el Estado subvencionar las artes?”, se pregunta. La respuesta frecuente es: “Por supuesto, ya que las artes ensanchan nuestro espíritu, y el Estado debería ayudar a enaltecer y poetizar el alma de un pueblo”. Esto es lo que se ve. Pero ¿qué es, en este segundo caso, lo que no se ve? Primero, que el Estado recorta el salario de los trabajadores para ampliar el de los artistas (¿es esto justo?). Pero lo peor de todo es que el gobierno cree saber, mucho mejor que las personas, cuáles son los artistas de calidad y cuál es el arte que ellas deberían apreciar. Esto último es lo que no ve.

Los malos economistas y muchos políticos piensan en lo que ellos pueden hacer por la gente, y no en lo que ésta puede hacer por sí misma y por los demás. Si las cosas fueran al revés —si se presumiera que las personas tienen capacidad de elegir—, serían mucho más claras las consecuencias negativas de lo que se ve, y el círculo virtuoso de lo que, lamentablemente, no se suele ver.

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