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Editorial

Ampliación del aeropuerto de Santiago, mirada larga

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Imagen foto_00000001n abril del año pasado, la gerente general de la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA) dijo a este diario que “el país no estimó que el crecimiento de (la industria aérea) iba ser tan alto”. Ratificando los costos que podría esa falta de previsión, el vicepresidente regional para las Américas de IATA advertía en nuestra edición de ayer que si el Aeropuerto de Santiago “se construye con lo que está proyectado, vamos a tener problemas en el futuro”.

En lo que va del siglo la industria de los viajes aéreos ha experimentado a la vez una explosión y una revolución. Se estima que en Chile aporta cerca de ocho mil millones de dólares al PIB y genera 190 mil puestos de trabajo; en los últimos 30 años el tráfico ha crecido 17 veces; en 2017 Santiago se convirtió en una de las 100 ciudades más visitadas del mundo (sexta en América Latina), con casi 2,3 millones de personas.

Sin embargo, es posible que el nuevo terminal del aeropuerto Arturo Merino Benítez, que en teoría debe estar listo a fines de 2020 y que duplica de 15 a 30 millones la capacidad máxima de pasajeros anuales —con una inversión que ronda los US$ 1.000 millones—, se vea superado por el aumento de viajeros pocos años después de abrir sus puertas.

En este escenario, el MOP enfrenta una doble presión: por un lado, realizar las modificaciones que probablemente se requieren para que el aeropuerto cumpla con las expectativas y nuevos estándares con toda seguridad implicaría postergar su inauguración uno o dos años, como señala el ejecutivo de IATA, una decisión impopular para cualquier gobierno; por otra parte, la ventana para iniciar cambios en las obras es cada vez más reducida, a medida que se acerca el plazo para su entrega final (hacerlos una vez construido multiplicaría muchas veces el costo).

Sin duda otros factores también pesan sobre la balanza de las autoridades. El desafío país desde el cual enfocarlo, en cambio, es bastante claro: una nueva mirada de la infraestructura a nivel nacional, en la que adaptar el aeropuerto de la capital a los ritmos del siglo XXI sea sólo el comienzo.

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