Editorial

Ante la crisis, la defensa de la democracia

El desafío es entender que esta es la hora de la república democrática, no de su ocaso.

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Contextos como el que atraviesa Chile invitan —quizás, obligan— a reflexionar sobre las instituciones de nuestro sistema político, sus alcances y sus límites, fortalezas y debilidades. Eso es válido hoy en día también para otros países, y en nuestra edición del viernes pasado entrevistamos al filósofo y ensayista español Daniel Innerarity, autor de influyentes trabajos sobre los desafíos de la democracia contemporánea, justamente buscando luces para esa necesaria reflexión.

Por ejemplo, en un clima social tensionado por demandas y protestas de diverso tipo, encuentra mayor arraigo la idea de que es la propia democracia representativa la que ya no es capaz de interpretar a las sociedades modernas. Pero si bien existen grandes desafíos de adaptación para el mundo los ciudadanos del siglo XXI, las alternativas al sistema democrático son hasta ahora invariablemente autoritarias (de una u otra manera) en el ejercicio del poder o ineficientes en la gobernanza, o ambas. Mucha de la insatisfacción ciudadana con "la política" y "la democracia" es en realidad reflejo de un mal desempeño del Estado —que no entrega los bienes que promete y se esperan de él—, y de liderazgos políticos poco eficaces (y por ello poco creíbles). Al respecto, Innerarity es tajante: "La democracia representativa necesita muchas correcciones que hacer, pero no tiene todavía un candidato para sustituirla".

Se trata, entonces, de "mejorar la representación", con más transparencia, más rendición de cuentas, más fiscalización, más renovación y más innovación, no de refundar el sistema político y económico (el "modelo"). En conceptos de Innerarity, es preciso hacerse cargo de una nueva "complejidad" social y de hacerla "inteligible" a los ciudadanos.

Lo anterior es un desafío para los partidos y líderes políticos, para las instituciones democráticas, para la gestión del Estado y, por cierto, para los propios ciudadanos. Dicho de otra manera, esta es la hora de la república democrática, no de su ocaso.

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