Editorial

Contra viento y marea, Brexit

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Nacida en 2016 de un referéndum sorpresivo, la decisión británica de abandonar la Unión Europea dividió tanto a la opinión pública y a la clase política del país —y en no poca medida también al resto de Europa—, y fue tan difícil y conflictiva su aprobación en el Parlamento, que en más de una ocasión hubo razones para suponer que el Brexit jamás sería un hecho.

Simbólicamente, al menos, lo es desde la medianoche del viernes pasado, cuando la bandera del Reino Unido fue arriada en el edificio del Parlamento europeo, en Bruselas. Ahora comienza una etapa de transición de un año (prorrogable hasta por dos años más), durante la cual Londres se irá retirando del complejo entramado de instituciones que la unen al continente, si bien desde el viernes ya no tiene voz ni voto en ninguna de ellas.

El signo que marcará esta etapa es el de la incertidumbre. Nadie sabe cómo se concretará en la práctica —ni cuáles serán las consecuencias a largo plazo— la separación entre el bloque y su socio por 47 años, que representa el 15% de su economía y el mayor presupuesto militar, y que además tiene en Londres una de las principales capitales financieras del mundo. Aunque en lo inmediato el Brexit sume una importante victoria política para el primer ministro Boris Johnson, si el proceso de salida se torna problemático, ello sin duda será usado por los detractores del Brexit —en Gran Bretaña y Europa— para trabarlo aun más, o incluso intentar revertirlo.

Por otro lado, se da la paradoja de que el Reino Unido abandona la unión, pero desde luego no el continente, que seguirá siendo su principal socio comercial y el espacio natural en que se proyecta —y se juega— mucho del interés nacional británico. Esta es la primera vez en su historia que la UE pierde a un país miembro, por lo que no existen precedentes para el tipo de relación que ambas partes deberán construir de ahora en adelante, a medida que avanzan en este nuevo camino.

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