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Editorial

El agua no es el (principal) problema

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o deja de ser irónicamente oportuno que Chile sea este año la sede de la conferencia mundial sobre cambio climático, justamente cuando el país atraviesa por una llamada “megasequía” que arriesga ser muy costosa para la economía nacional, en especial para la minería y la agricultura.

La evidencia es que estas temporadas particularmente secas se han vuelto más frecuentes y extensas en décadas recientes, con anuncios de temperaturas récord que también se han vuelto más habituales. Todo lo cual configura una “problemática hídrica” que, de acuerdo a un estudio de Fundación Chile, deja a Chile “con una vulnerabilidad en lo ambiental, social y económico, aumentando la exposición a eventuales conflictos sociales y económicos”.

Pese a ello, la escasez de agua no es el problema. “En Chile tenemos agua, pero la falta de infraestructura y tecnologías adecuadas nos está haciendo no aprovecharla productivamente”, sostuvo el presidente de la Sociedad Nacional de Agricultura. En este contexto, es bienvenido el anuncio de que el gobierno destinará mayores recursos a perfeccionar sistemas de riego, pero el esfuerzo sin duda es insuficiente por sí solo para paliar las carencias de infraestructura —el déficit en materia de embalses es de un nivel preocupante, según expertos—, que resultan en que la mayor parte del agua llegue al mar sin haber sido utilizada en procesos productivos.

Esta discusión se suma a otras en las que el país requiere, simultáneamente, hacerse cargo de los problemas de hoy y proyectar soluciones para el futuro: pensiones, impuestos, normativa laboral, salud, educación, etc. Se trata de un abanico amplio de complejos desafíos para un país que aún se ve en dificultades para subirse al carro del desarrollo, pero la clave de un enfoque exitoso pasa primero por aceptar los costos políticos de abandonar el cortoplacismo. Esta es una tarea que compete a todos los sectores y en la que muchos están al debe.

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