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Editorial

Elección presidencial y cambio de ciclo político

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a de ayer fue una elección que marca un nítido cambio de ciclo político. Lo que esto significa en la práctica aún no es posible anticiparlo, pero existe una renovación evidente en los principales liderazgos y partidos más relevantes, más allá de la permanencia de algunas figuras conocidas a nivel parlamentario.

Que esto venga acompañado de una renovación en las ideas a estas alturas no es claro, pues es innegable que las dos candidaturas presidenciales ganadoras de la primera vuelta se han construido, en medida fundamental, sobre los problemas y desaciertos del gobierno actual. En particular, las dinámicas sociales y políticas que surgieron a partir del estallido de violencia del 18 de octubre de 2019, explican mucho del apoyo que recibieron José Antonio Kast y Gabriel Boric. Sin la violencia urbana que se normalizó desde esa fecha en adelante y sin el proceso constitucional surgido bajo su alero -a lo que hay que sumar la intensificación del conflicto en La Araucanía-, el escenario político habría evolucionado de modo distinto.

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Esas circunstancias, sin embargo, favorecieron una progresiva polarización y radicalización política -muy visible en la agenda legislativa de los últimos dos años-. Ello tuvo su expresión en los ganadores de ayer, que se encuentran en las antípodas del espectro político en el tradicional eje izquierda-derecha, aunque no necesariamente representan "extremos", como a veces se sostiene con liviandad. Aun así, aunque Kast y Boric pueden no ser las caricaturas que presentan sus detractores, corresponde a los ahora competidores de segunda vuelta demostrarlo al electorado.

En cuanto a lo que queda de ese eje derecha-izquierda, al menos en la expresión política que ha tenido en Chile durante las últimas tres décadas, el resultado de ayer es lapidario, pues por primera vez desde el retorno de la democracia no se enfrentarán en el balotaje dos representantes de las grandes coaliciones que han gobernado el país en este tiempo. El cuarto y quinto lugar que obtuvieron el candidato de Chile Vamos y la postulante de la ex Concertación, respectivamente, habla de una crisis profunda al interior de esas colectividades que viene prolongándose y agravándose desde hace al menos una década.

Eso sugiere, de cara al siguiente ciclo, que quienes gobiernen Chile estarán obligados a buscar consensos más allá del "clivaje" entre izquierda y derecha que ha definido por largo tiempo a la política contemporánea, un desafío de actualización que también enfrentan otros países. Más allá de que partidos como RN, la UDI, la DC y el PS terminen alineándose detrás de Kast o Boric -como dieron a entender las declaraciones de varias de sus figuras anoche-, deberán iniciar un proceso de autoanálisis y autocrítica del que no se perciben atisbos. Que los partidos crezcan o se reduzcan, incluso que cambien radicalmente o desaparezcan, es parte de la evolución natural en un sistema democrático competitivo y no es, per se, algo negativo; que caigan en la irrelevancia, en cambio, ocurre siempre en desmedro de la democracia.

Esto obliga a mirar con detención al tercer lugar, Franco Parisi. Su situación personal le impidió hacer campaña en Chile, adonde no participó en ningún debate y ni siquiera se presentó a votar; su colectividad, el Partido de la Gente, fue formalizado ante el Servel recién en julio de este año; su plataforma, de corte antisistémico y agenda populista de derecha, llama esencialmente al voto de protesta y desencanto con la clase política, sin presentar un proyecto de gobernanza propiamente tal.

Ello debiera llamar a la reflexión de instituciones y ciudadanos, ya que el discurso de la anti política es probadamente dañino para la democracia; también, invitar un debate sobre el alcance de las redes sociales y el recurso a la post verdad dentro de una estrategia política influyente.

Dicho esto, viene ahora el bien conocido impulso moderador característico del balotaje, donde ya no se trata de movilizar a los propios electores, sino de moverse hacia el centro para ampliar la base de apoyo.

Ese ejercicio enfrenta un reto especial de persuasión en esta oportunidad, justamente porque ambos candidatos representan polos muy distantes entre sí, y aparecen asociados a posiciones en las que es difícil aceptar compromisos. Por un lado, Kast es un público crítico de la instalación de la Convención Constitucional y del trabajo que ésta ha realizado desde entonces, al mismo tiempo que deplora la violencia asociada al 18-O y la posterior propuesta de indulto a los violentistas. Boric, en tanto, abraza posiciones diametralmente opuestas en ambos asuntos.

Entre ambos, sin embargo, sólo representan a cerca de la mitad de los votantes. Atraer a esos electores será un poderoso incentivo para tender hacia el centro, y en el proceso construir una base de apoyo político más sólida sobre el cual gobernar por los próximos cuatro años.

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