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Editorial

Entre Washington y Beijing una tregua, no la paz

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l acuerdo comercial de Fase Uno firmado ayer entre Estados Unidos y China marcó una muy anticipada tregua en el conflicto arancelario entre los dos mayores economías del mundo, pero como dijo este diario, de ningún modo significa una paz definitiva. Así aparentemente lo entendieron los mercados, que si bien dieron una cautelosa bienvenida a la firma del documento en Washington, ya habían internalizado a precio sus potenciales ventajas, según coinciden analistas.

En la práctica, de hecho, se mantiene la mayor parte de los aranceles decretados durante el casi año y medio que ha durado la guerra comercial, los que podrían permanecer hasta fin de año, cuando se celebre la elección presidencial estadounidense, lo que por sí solo ratifica el fuerte componente de política interna que ha tenido —al menos para la Casa Blanca— el enfrentamiento arancelario con Beijing. Con todo, la sola firma del acuerdo envía una señal de apaciguamiento en las tensiones que, a su vez, contribuye a reducir en alguna medida la incertidumbre en la escena internacional.

Otras señales suman a ese clima más distendido, como la exclusión de China de la lista de países manipuladores de divisas o el anuncio de que la potencia asiática aumentará sus compras de productos agrícolas de EEUU. Quién ha hecho más concesiones a la contraparte a cambio de la firma —la cual fue anunciada y pospuesta más de una vez— es todavía una pregunta abierta, pero las perspectivas de llegar a la Fase Dos del acuerdo son hoy más auspiciosas, lo que es una buena noticia para el mundo (aunque cabe señalar que no se han materializado los escenarios más pesimistas sobre el impacto económico que tendría la guerra comercial sino-estadounidense en la economía global).

Lo cierto es que la rivalidad entre Washington y Beijing trasciende con creces la política comercial y tiene que ver, en los hechos, con un realineamiento del mapa geopolítico mundial y de las esferas de influencia de las dos mayores potencias. Este es un proceso que marcará las próximas décadas y con el cual todos los países deberán aprender a lidiar, incluyendo el nuestro.

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