Editorial

Inexplicable escasez de billetes “chicos”

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 comienzos de este año el Banco Central envió a los bancos una carta pidiéndoles “incrementar la disponibilidad de billetes de bajas denominaciones”, tanto en sus sucursales como en los cajeros automáticos, con el fin de facilitar las transacciones del público general. En particular, la escasez de billetes de mil, dos mil y cinco mil pesos preocupaba entonces al instituto emisor.

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Con buena razón. Chile es un país de ingresos bajos, además con una economía duramente golpeada hace un año por una combinación de estallido de violencia y pandemia global que ha hecho estragos en el crecimiento, la inversión y el empleo. Es evidente que millones de ciudadanos de sectores medios y bajos necesitan disponer de efectivo para realizar numerosos pagos de montos pequeños, pero para ellos esenciales.

En la banca se estima que eso, necesariamente, elevaría los costos de operación del sistema, ya que demandaría una reposición más frecuente de dichos billetes en cajas presenciales y automáticas. Aunque cierto, revela una preocupante falta de empatía con la realidad de muchos de sus propios clientes. El interés, y el esfuerzo, tanto del sector privado como del público, debieran estar puestos hoy más que nunca en formas que promuevan la bancarización, no que la desincentiven. No sólo debe haber más billetes “chicos” a disposición del público, sino también más sucursales, cajeros automáticos y tarjetas, accesibles en más lugares.

Como era tal vez inevitable, ha surgido una propuesta parlamentaria para forzar a la banca a un porcentaje mínimo de billetes de baja denominación, buscando por vía legislativa lo que debiera ser iniciativa de la propia industria. De prosperar esa idea, a la larga casi con seguridad irá en detrimento tanto de la banca como de los consumidores.

Lo que legitima al sistema financiero no son principalmente sus resultados ni las métricas de eficiencia, sino las muchas maneras en que puede ayudar a las personas a gestionar sus necesidades económicas, dándoles así una mejor calidad de vida. Eso nunca deben olvidarlo los actores del sistema, ni tampoco, por cierto, sus millones de clientes.

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