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Editorial

La Rusia de Vladimir Putin

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Vladimir Putin juró por un cuarto período como presidente de Rusia, tras imponerse en las últimas elecciones por un sorprendente 76% de los votos, y aseguró su mandato al menos hasta 2024. Considerando un intervalo entre 2008 y 2012 en que no gobernó como presidente, pero sí como primer ministro, ahora podría estar al frente de la nación por 24 años, solo dos menos que Stalin y uno más que el Zar Nicolás II.

Para los gobiernos occidentales, donde la alternancia en el poder es una condición básica, esta es una más en una serie de dudas sobre las credenciales democráticas de Moscú. Sin embargo, la expansiva diplomacia rusa impone al resto de los gobiernos complejas condiciones de convivencia. La anexión de la península de Crimea, en 2014, y el apoyo militar del Kremlin al gobierno de Bashar al-Asad, en Siria, han motivado sanciones internacionales que han hecho mella en la economía rusa, pero no han logrado disuadir estas políticas.

En el centro de la posición internacional frente a Putin está arraigada la idea de que él encarna un cierto modo de ser típicamente propio de Rusia, y que solo un líder fuerte como él puede aglutinar y conducir a la nación.

Pero además de ello está la preocupación de que la alternativa a un líder como Putin puede ser incluso más complicada. Un vacío de poder en una nación tan grande, que está ubicada en una posición geopolítica estratégica, donde conviven numerosas étnias y que controla además un arsenal nuclear, puede llevar a un escenario profundamente desestabilizador. Pero este enfoque de realismo político también ha significado que Occidente haya abandonado a las fuerzas democráticas que luchan desde dentro del país por un cambio.

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