Editorial

Lo que las instituciones nos deben, y lo que les debemos

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n Diario Financiero nos dedicamos a dar cobertura periodística a las instituciones económicas. Es allí donde buscamos la noticia. Por eso, hechos como el caso Catrillanca y la agresión al presidente del Tribunal Constitucional —ambos tan lejanos del mundo de la economía y las finanzas, y tan disímiles entre sí— no suelen ser parte de nuestro reporteo.

Sí están, en cambio, inevitablemente dentro de nuestras preocupaciones, porque las instituciones económicas no funcionan en un vacío, sino como parte —apoyándose y apoyando— del complejo entramado de reglas que protege nuestros derechos y libertades en una sociedad democrática. Cuando esas instituciones fallan, pero también cuando los ciudadanos les fallan a ellas, el resultado sólo va en menoscabo de nuestra convivencia y de la paz social.

En la lamentable muerte de Camilo Catrillanca en La Araucanía durante una acción policial, las sorprendentes, reiteradas e inaceptables faltas a la verdad cometidas por Carabineros —reveladas por la prensa—, ponen en entredicho la credibilidad de una institución clave del orden republicano. Es lo que explica la decisión presidencial de remover al General Director y la consiguiente salida de otros 10 generales del alto mando. Sin la confianza de los ciudadanos, la labor de Carabineros se hace más difícil y el país se vuelve más inseguro. Así de cara es la pérdida de prestigio institucional.

La cobarde golpiza contra el titular del TC, en tanto, es un fracaso ciudadano. Como este diario ha dicho antes, se viene incubando en los últimos años un clima social que se resigna a —y hasta justifica— que la violencia sea un ingrediente del debate público. En este caso, Iván Aróstica fue golpeado —¡En nombre de los derechos humanos!, en la lógica de sus agresores— como símbolo de una institución que algunos cuestionan, tal como en otros casos se ha usado la violencia en nombre de la educación, las pensiones más altas o las reivindicaciones salariales.

Debemos ser más exigentes, incluso severos, con muchas de nuestras instituciones. Pero merecen el mismo respeto, trato justo y lealtad que les demandamos a ellas.

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