La narrativa dominante sostiene que las nuevas generaciones han reescrito las reglas del éxito. Menos interés por la propiedad, menos entusiasmo por el matrimonio, menos disposición a formar una familia. La explicación resulta cómoda: convierte la postergación de esos proyectos en una elección generacional y permite concluir que las prioridades simplemente cambiaron.
Pero la evidencia sugiere algo distinto. Tener un empleo estable y una vivienda propia siguen siendo las metas más valoradas alrededor del mundo por la mayoría y de manera transversal. También emanciparse de los padres, casarse y tener hijos forman parte del imaginario de realización personal.
Las diferencias generacionales en las aspiraciones para la vida son menores de lo que suele asumirse, lo que se ha debilitado entre los jóvenes es la confianza en poder alcanzarlas. Cada generación es menos optimista que la anterior respecto de lograr esos eventos de la vida.
“Las diferencias generacionales en las aspiraciones para la vida son menores de lo que suele asumirse, lo que se ha debilitado entre los jóvenes es la confianza en poder alcanzarlas”.
Atribuir estos cambios a una preferencia generacional ha sido una explicación tan popular como conveniente: transforma una restricción económica en una elección personal. Pero ¿nos preguntamos cuánto de esa conducta nace de una preferencia y cuánto responde a las posibilidades disponibles?
Hay una explicación más simple y mucho más incómoda: la asequibilidad. Los proyectos de vida no desaparecen, sino que se aplazan cuando la vivienda se vuelve inalcanzable, los salarios pierden capacidad de compra y la incertidumbre económica aumenta.
La frustración que rodea estos proyectos de vida entrega una pista. Aquello que no nos importa, tampoco nos provoca inquietud si está fuera de nuestro alcance. Si los más jóvenes realmente hubieran abandonado esas metas, la reacción emocional sería más débil, pero ocurre exactamente lo contrario.
La edad puede explicar una parte, pero los ingresos y los costos determinan con mucha más fuerza quién puede transformar una aspiración en un proyecto concreto. Si las buenas oportunidades permiten planificar, su ausencia obliga a postergar. De hecho, cuesta encontrar a alguien que no conozca a un hijo, sobrino o colega que sigue aspirando a la casa propia, pero siente que el sueño se aleja cada año un poquito más.
Tal vez el cambio más importante de nuestra época no sea que las personas quieran algo distinto, sino que la distancia entre sus aspiraciones y sus expectativas se ha agrandado. Porque cuando una sociedad normaliza que trabajar, ahorrar y esforzarse ya no alcanzan para construir un proyecto de vida, el riesgo no es solo económico. También es una erosión silenciosa de la confianza en el futuro.