China, el dilema más difícil para desacelerar la IA
MATÍAS PINTO Partner Geogig Consulting
Dario Amodei, CEO de Anthropic, propuso algo extraordinario para el fundador de una empresa líder en la carrera por la inteligencia artificial (IA): desacelerarla. Sam Altman, CEO de OpenAI, y Elon Musk, fundador de xAI, respaldaron públicamente la propuesta.
La propuesta no apareció de la nada. Días antes, un exinvestigador de Anthropic renunció advirtiendo que las principales compañías avanzan hacia sistemas capaces de mejorarse a sí mismos mientras aceptan riesgos catastróficos. Su propia jefatura en Anthropic reforzó públicamente esa preocupación sosteniendo que la IA podría llegar a matarnos a todos y estimó esa posibilidad por sobre 10%. Amodei lo ha situado en un 25%.
Pero su propuesta tiene una condición. Occidente solo puede desacelerar mientras mantenga suficiente ventaja sobre China. Si esa distancia desaparece, frenar deja de reducir el riesgo y comienza a aumentarlo. Para mantener esa ventaja propone restringir chips avanzados y equipos para fabricar semiconductores, combatir su contrabando, impedir el uso no autorizada de modelos y controlar el acceso remoto a data centers fuera de China. Si esas medidas funcionan, sostiene, Estados Unidos podría incluso ampliar su ventaja durante los próximos tres a cinco años.
“Para desacelerar la IA, EEUU necesita conservar primero una ventaja suficientemente grande sobre China”.
La preocupación por mantener esa ventaja trasciende a Anthropic. El secretario del Tesoro, Bessent, había sido pocos días antes aún más crudo. Si China gana la carrera de la IA, dijo, nada más importa. Ninguna superioridad militar compensa esa pérdida.
Entonces, una propuesta aparentemente centrada en la seguridad -en este caso, incluso en la supervivencia de la humanidad- se convierte rápidamente en geopolítica.
Por ello, Amodei lo dice explícitamente: “China es el dilema más difícil” para desacelerar la IA. Beijing la está leyendo exactamente en esos términos, como un intento de preservar la superioridad tecnológica estadounidense y un acto de “manual de Guerra Fría”.
Ahí aparece la paradoja. Para desacelerar la IA, EEUU necesita conservar primero una ventaja suficientemente grande sobre China. Pero preservarla exige mayores controles tecnológicos. China tiene entonces más incentivos para construir su propio ecosistema. Con ello, el intento por frenar la IA va a terminar acelerando la fragmentación tecnológica.
Y esa dinámica no termina con ellos. Un datacenter fuera de China está bajo la jurisdicción de otro país. Varias de las condiciones planteadas por Amodei requieren, por tanto, cooperación de terceros países y pueden terminar traduciéndose en nuevas exigencias regulatorias sobre acceso a cómputo, proveedores, inversiones e infraestructura digital.
Chile es uno de ellos. En junio ingresó a Pax Silica, que articula cadenas consideradas confiables desde minerales críticos hasta semiconductores, cómputo e infraestructura digital. No es vinculante, pero nos incorpora a una arquitectura tecnológica atravesada por la competencia global sin que, al parecer, hayamos dimensionado suficientemente qué significa geopolíticamente esa decisión.
Una desaceleración verdaderamente global necesitará algún día cooperación entre las grandes potencias. Mientras tanto, la competencia por preservar ventajas seguirá empujando al mundo hacia una mayor fragmentación geopolítica.