En La duda, la película protagonizada por Meryl Streep y Philip Seymour Hoffman, hay una escena que siempre recuerdo. En una prédica sobre el rumor, el padre Flynn cuenta la historia de una mujer que, arrepentida de haber hablado mal de alguien, busca consejo. El sacerdote le pide que suba al techo de su casa, corte una almohada y deje que las plumas vuelen. Luego le encarga recogerlas todas. “No puedo”, responde ella. El viento las ha dispersado. Eso, le explica, es el rumor.
Una afirmación, una insinuación o incluso una pregunta lanzada al espacio público puede recorrer lugares que quien la formuló ya no controla. Y aunque después venga la explicación, la rectificación o incluso la evidencia que la desmiente, las plumas no vuelven a la almohada.
La discusión que se ha abierto en Chile a propósito del denominado caso Cerimedo y el eventual uso de bots y cuentas coordinadas en la conversación política agrega una nueva dimensión. Ya no se trata solo de lo que alguien dice, sino de la capacidad de amplificarlo, repetirlo y lograr que una versión parezca compartida por muchos. Será la investigación en curso la que deberá establecer qué ocurrió en ese caso, pero la pregunta que deja instalada nos concierne a todos: ¿qué hacemos cuando la tecnología multiplica la capacidad de dispersar las plumas? Porque no todos tenemos la misma capacidad para hacerlo.
Efectivamente, las palabras pesan distinto según quién las pronuncie. Cuando quien instala una duda ocupa una posición de poder, su alcance es mayor. Una frase pronunciada desde una tribuna pública puede convertirse en titular, luego en tendencia en redes sociales y finalmente en una supuesta verdad cuyo origen pocos recuerdan.
Ni siquiera es necesario acusar. A veces basta con insinuar, formular una pregunta o repetir algo que “se dice”. Técnicamente no hemos afirmado nada. Pero hemos construido una asociación. Y cuando esa asociación es amplificada una y otra vez, deshacerla puede ser imposible.
Nada de esto significa renunciar a preguntar, denunciar o investigar. Todo lo contrario. Las sociedades sanas necesitan personas dispuestas a advertir irregularidades, instituciones capaces de investigarlas y autoridades que ejerzan sus facultades sin temor.
En gobierno corporativo y compliance hablamos mucho de cultura, integridad y responsabilidad. Pero esas ideas no se juegan solo en políticas, matrices o controles. También se juegan en algo cotidiano y tiene que ver con cómo usamos la información que tenemos, cómo planteamos una sospecha y qué estándar nos imponemos antes de afectar la reputación de otro. La integridad también se expresa en la forma en que ejercemos la palabra.
Porque quien tiene poder no solo debe preguntarse si tiene derecho a decir algo. También qué antecedentes tiene para sostenerlo, qué efectos puede producir al decirlo y si estará dispuesto a hacerse cargo de sus consecuencias.
Una reputación puede tomar décadas en construirse y minutos en quedar bajo sospecha. Y la aclaración posterior rara vez tiene la misma fuerza que la acusación inicial. La duda ocupa la portada; la explicación, cuando llega, suele hacerlo mucho después y en un espacio bastante más pequeño.
Al final, la pregunta de aquella prédica sigue vigente. Cuando los hechos han sido establecidos y la sospecha no se sostiene, ¿quién recorre nuevamente cada conversación, cada titular, cada publicación y cada oído al que llegó la insinuación para explicar que aquello no era cierto?
¿Quién recoge las plumas?