Se ha convertido en un rito de iniciación para cada nueva generación de jóvenes adultos ser tachados de perezosos e irresponsables por sus mayores, pero la generación Z probablemente lo ha pasado peor que la mayoría. Las acusaciones van desde no esforzarse en el trabajo hasta derrochar en lujos y adoptar una actitud “Yolo” (You only live once; en español, sólo se vive una vez) hacia inversiones arriesgadas como las criptomonedas y los NFT.
Existen dos diferencias clave entre la Gen Z y las generaciones previas que enfrentaron un desdén similar. La primera es que, en lugar de rechazar estas etiquetas, los veinteañeros actuales han tendido a abrazarlas, validando neologismos como el quiet quitting. La segunda: nueva evidencia sugiere que estas conductas son respuestas racionales a un panorama económico en deterioro. Específicamente, que la casa propia se ha vuelto inalcanzable.
En un estudio publicado la semana pasada, economistas de la Universidad de Chicago y la Universidad de Northwestern utilizaron datos detallados sobre las transacciones con tarjetas, la riqueza y las actitudes de los estadounidenses para demostrar que la reducción del esfuerzo laboral, el aumento del gasto en ocio y la inversión en activos financieros de riesgo (incluidas las criptomonedas) son desproporcionadamente comunes entre los adultos jóvenes que tienen pocas o ninguna perspectiva realista de poder permitirse una vivienda. Por el contrario, la investigación de Seung Hyeong Lee y Younggeun Yoo revela que aquellos para quienes la propiedad de una vivienda es una posibilidad más realista a medio plazo, o que ya la han conseguido, asumen menos riesgos y se esfuerzan más en el trabajo.
He ampliado su análisis al Reino Unido y he encontrado un panorama similar. Los jóvenes británicos que viven de alquiler y tienen pocas esperanzas de reunir el dinero para un pie son mucho más propensos a asumir riesgos financieros -por ejemplo, con las apuestas en línea- que sus contemporáneos que están en la escalera de la vivienda o a punto de alcanzarla.
Lo más importante es que Lee y Yoo utilizan series temporales y precios locales de la vivienda para demostrar que la relación entre la vivienda inasequible y el comportamiento económico parece ser causal. El reciente aumento de la asunción de riesgos financieros, el gasto en ocio y la reducción del esfuerzo laboral responden a los cambios en los incentivos económicos. A medida que se deteriora la asequibilidad de la vivienda, aquellos que llegan a creer que no pueden acceder a la propiedad recurren a una mezcla de apuestas de alto riesgo y a lo que el comentarista económico estadounidense Demetri Kofinas denomina nihilismo financiero -¿por qué esforzarse y ahorrar si de todos modos no será suficiente para conseguirlo?-, mientras que sus homólogos en mejor situación se aprietan el cinturón.
Los hallazgos sobre el esfuerzo en el trabajo son especialmente notables. A menudo se caracteriza a la generación Z por su falta de resiliencia en el lugar de trabajo; muchos jóvenes empleados han recurrido a las redes sociales para lamentarse de la inutilidad del horario de 9 a 5. Las pruebas sugieren que estos cambios en las creencias y los comportamientos se basan en la realidad económica a medida que ésta evoluciona. No es que las generaciones anteriores estuvieran más comprometidas con su trabajo porque los empleos de entonces fueran emocionantes, sino que esforzarse en el trabajo solía ser un medio para alcanzar un fin. Ahora que la recompensa de tener una casa propia está fuera del alcance, todo parece inútil.
La misma conclusión se desprende de la creciente importancia de la ayuda de los padres para ascender socialmente. Para la mayoría de los compradores primerizos en Estados Unidos, Reino Unido y Australia, el mayor obstáculo no es el salario, sino la entrada inicial. ¿Por qué quedarse hasta tarde en la oficina para terminar ese proyecto con la esperanza de un modesto aumento de sueldo cuando sabes que acabarás necesitando un depósito de seis cifras que podría llevarte décadas acumular?
Los resultados de estos estudios tienen importantes implicaciones. En primer lugar, subrayan la urgencia crítica de abordar la crisis de la asequibilidad de la vivienda. El impacto, como ahora podemos ver, está desestabilizando la economía y la sociedad en general, y situando a muchos jóvenes adultos en una situación financiera precaria en la que un paso en falso puede resultar irrecuperable.
En segundo lugar, destacan la importancia de proporcionar a los jóvenes los conocimientos financieros que necesitan para navegar por un mundo nuevo en el que, para muchos, la única esperanza de éxito es asumir grandes riesgos monetarios. Los veinteañeros de hoy en día son mucho más propensos a acabar siendo inquilinos de por vida que sus padres. Esto significa que necesitarán más orientación que las generaciones anteriores sobre otras formas de acumular riqueza, así como las habilidades y el apoyo necesarios para saber que aún no se ha acabado el juego.
Está muy bien lamentarse por el creciente nihilismo económico de las generaciones más jóvenes -y las pruebas lo confirman-, pero ellos solo están jugando con las cartas que les han tocado.