La nueva postergación del proyecto de sala cuna universal no es solo un retraso legislativo más. Es, sobre todo, una mala señal para el crecimiento. En un país que lleva una década creciendo de manera mediocre, dilatar una reforma que facilita el empleo femenino y la formalización laboral transmite un mensaje frustrante para las mujeres que no pueden trabajar y es contradictorio con el consenso de poner el crecimiento como prioridad.
He escuchado argumentos de distinto tipo para no aprobar el proyecto que hoy se discute en el Congreso y que está cerca de un acuerdo: desde económicos y políticos, hasta ideológicos e incluso valóricos.
“El debate sobre el rol del Estado o la participación de privados genera tensiones legítimas, pero mientras la élite política y económica debate ideas que solo interesan a quienes las discuten, las personas siguen esperando”.
Algunos sostienen que es un problema económico: que el proyecto no estaría financiado o que elevaría los costos laborales. Sin embargo, para el Estado financiar el 15% de un fondo cercano a US$ 300 millones anuales parece más razonable que un esquema 100% estatal, como se ha planteado.
Para las empresas, el impacto es acotado, pues quienes hoy pagan sala cuna verán reducido su gasto y quienes no lo hacen enfrentarán un costo inferior a $ 2.000 mensuales por trabajador. A cambio, se corrige una distorsión evidente: que el cuidado infantil esté asociado a contratar mujeres.
Desvincular ese costo del sexo del trabajador reduce barreras al empleo formal y amplía la oferta laboral femenina. Eso es crecimiento, productividad y mayor base tributaria.
También se esgrimen razones políticas, sobre quién se lleva el mérito. Nuestro sistema fragmentado vuelve frágil, incluso, los acuerdos razonables. Cuando parece alcanzarse un punto intermedio, se impone la diferenciación. El resultado es conocido: se refleja en reformas que se postergan indefinidamente y apenas 1% de confianza en el Congreso, según la última Encuesta Bicentenario UC.
El debate sobre el rol del Estado o la participación de privados genera tensiones legítimas. El problema es cuando esas discusiones se prolongan sin decisión. Mientras la élite política y económica debate ideas que solo interesan a quienes las discuten, las personas siguen esperando.
Incluso he escuchado razones valóricas -que no comparto- según las cuales fomentar el empleo femenino atentaría contra la familia.
La sala cuna universal no es solo una política social. Es una política procrecimiento. Como señaló el exministro de Hacienda Rodrigo Valdés en Icare, mover 10 puntos la participación laboral femenina podría elevar el PIB en más de 4 puntos, por una vez.
Si el diagnóstico transversal es que Chile necesita crecer más para financiar mejores políticas sociales, entonces las decisiones deben ser coherentes con ese objetivo. Seguir postergando esta reforma no es neutral: es enviar una mala señal respecto de cuánto estamos dispuestos a hacer para crecer.
Aún estamos a tiempo. Después de más de 20 años de discusión, ojalá este proyecto vea la luz y el nuevo Gobierno inicie su ciclo con la buena noticia de que más mujeres podrán sumarse al mercado laboral.
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