El sábado 1 de marzo, Gustavo Montero (70 años) se subió a un avión en Dubái sin saber que su ciudad estaba siendo bombardeada: “Parto en Emirates y como 15 minutos después pongo CNN y veo que están bombardeando Dubái”, cuenta.
Durante el vuelo siguió las noticias en las pantallas del avión mientras se comunicaba con su señora, que seguía en Emiratos Árabes Unidos.
Venía a Chile por dos razones: dar una charla sobre innovación y emprendimiento en la Universidad Católica y reunirse con propietarios de minas para intentar tokenizar oro a través de su empresa USDR Commodities, radicada en Dubái.
Tokenizar el oro en Chile
“La idea nuestra es nunca sacar el oro del suelo, sino transformarlo en un valor digital”, explica. “Si yo saco el oro del suelo y te doy un kilo, tengo que destruir 100 toneladas de roca y echar líquidos horribles por todos lados. ¿Y para qué? Si al final esa barra de oro va a terminar guardada en la bóveda de un banco”.
Su argumento es que, desde el punto de vista financiero, gran parte del oro del mundo funciona como activo de reserva. Los bancos centrales y grandes inversionistas lo almacenan durante décadas en bóvedas. En ese contexto, sostiene, el valor del metal no depende necesariamente de que el mineral salga del suelo.
A ese concepto él lo llama una barra de oro “net zero”: oro que mantiene valor económico sin producir el impacto ambiental que implica la extracción minera.
El sistema funciona así: primero se crea una sociedad que adquiere participación en una mina o en reservas certificadas de oro que aún no han sido explotadas. Ese activo queda registrado dentro de la empresa. Luego de ese activo se emiten tokens o monedas digitales cuyo valor está respaldado por el oro que sigue en el subsuelo. Es lo que en el mundo cripto se conoce como una stablecoin: una moneda digital cuyo precio está vinculado a un activo real.
“Si el oro vale un dólar en el suelo, el token vale un dólar. Es uno a uno”, explica.
El proceso requiere que las reservas cumplan con el NI 43-101, un sistema de certificación minera utilizado en Canadá que verifica la cantidad y calidad del mineral existente en un yacimiento. Ese proceso puede tardar cerca de un año y es el que permite asegurar que el activo que respalda los tokens realmente existe.
Una vez certificada la reserva, el valor del oro bajo tierra se integra a la estructura financiera de la empresa que emite los tokens. “Hay empresas que tokenizan edificios, autos de colección u obras de arte. Nosotros tokenizamos recursos naturales”, dice.
Chile, dice, es un país ideal porque posee importantes reservas de oro, además de experiencia en certificación de reservas, acceso a mercados financieros internacionales y una estructura empresarial que facilita el tipo de auditorías que exige este modelo.
Por ahora está en conversaciones con distintos propietarios de minas, aunque evita dar nombres. La meta es lanzar la primera moneda digital respaldada por oro bajo tierra dentro de los próximos meses.
Trayectoria
Montero nació en 1955, en Antofagasta. Cuando era niño, su familia se trasladó a Santiago y entró al Liceo Manuel de Salas. Ahí, con dos amigos, armaron el primer ala delta construido y volado en América Latina. Lo hicieron en un garaje de Ñuñoa, entre tubos, tela y piezas improvisadas. El primer vuelo fue en el año 73, cuando él estaba terminando el colegio.
Estudió ingeniería en acuicultura en la Universidad de Chile y luego de salir, en 1981, entró a ProChile para trabajar en un programa con Naciones Unidas y el Centro de Comercio Internacional en Ginebra. El proyecto consistía en dar la vuelta al mundo visitando los grandes centros de exportación de productos del mar para estudiar cómo Chile podía desarrollar ese mercado.
Después cursó un MBA en Oregon State University y un máster en oceanografía. Al egresar, en 1985, entró a la World Commission on Environment and Development desde donde se organizó la primera COP. Posteriormente saltó a la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja. Su trabajo consistía en auditar el uso de los fondos internacionales que los países ricos enviaban a las filiales de países pobres. Recorrió más de 70 países desde 1987 a 1997. Vio campamentos de refugiados y países en guerra.
En 1998 se cansó del ritmo y comenzó a buscar una salida. Durante las auditorías conoció a ejecutivos del banco inglés Standard Chartered Bank. Más tarde se encontró con ellos en India y recibió una propuesta: abrir y dirigir la oficina suiza de la institución financiera.
“Me tomó un año y medio abrir el banco”, dice. Tras dirigir por tres años Standard Chartered en Ginebra, se cansó: “El barco era muy grande. Miles de empleados en todo el mundo. No era una taza de té”.
Aterrizaje en Dubái
En esos años empezó a mirar con atención la economía digital. Dice que se interesó por blockchain y criptomonedas incluso antes del auge que siguió al nacimiento de bitcoin en 2008.
Desde ahí creó empresas de transformación digital y finanzas en Ginebra, levantó fondos para firmas y fundaciones. Pero con el tiempo, Montero sintió que Europa comenzaba a estancarse.
Y fue ahí cuando miró hacia el Golfo Pérsico.
En 2015 cerró sus empresas y se trasladó a Dubái, un lugar que en ese momento se estaba transformando rápidamente en uno de los principales polos globales para tecnología financiera, activos digitales y nuevos modelos de negocio. “Todo lo nuevo está ahí”, describe.
Llegó primero ligado a una empresa del área del oro y luego reconstruyó su propio ecosistema de negocios: Carter Capital, enfocada en gestión de activos digitales con estrategias conservadoras; Palmer Advisory, dedicada a consultoría; y USDR Commodities, centrada en la tokenización de recursos naturales.
Actualmente vive entre Dubái y Suiza. En el país europeo, afirma, ha ayudado a crear incubadoras de startups en distintas universidades: “Al final, los programas de MBA se están transformando en incubadoras”.
Ahora, sentado en un café en Plaza Ñuñoa, dice que, a pesar de la guerra, Dubái sigue siendo un gran lugar para emprender: “Imagínate un Estadio Nacional con tres millones de personas adentro: el 80% son emprendedores y el otro 20% quiere ser emprendedor”.