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Fernanda García

Emergencia real y no simbólica

FERNANDA GARCÍA Faro UDD

Por: Fernanda García

Publicado: Lunes 26 de enero de 2026 a las 04:04 hrs.

Fernanda García

Fernanda García

Una preguntas interesante que deja la reciente elección presidencial es el rol que tendrá la idea de emergencia que estructuró la campaña de JAK. ¿Será recordada como solo como una consigna útil para ganar, o se convertirá en el eje ordenador de un Gobierno eficaz? La respuesta no depende tanto del concepto en sí, sino de la capacidad del Presidente y su equipo para comprender los distintos significados que esa palabra condensó e incorporarlos en el ejercicio del mandato.  El concepto fue extraordinariamente acertado: su ambigua extensión permitió capturar sensibilidades diversas, articular mayorías y ordenar fuerzas políticas, hasta hace poco fragmentadas e, incluso, enfrentadas.

En un primer nivel, emergencia conectó con el malestar ciudadano frente a problemas concretos y urgentes: inseguridad, desempleo, estancamiento económico. También funcionó como una crítica implícita a la sensación de improvisación y negligencia que transmitió la administración Boric. No fue algo más partisano del tipo “el país se cae a pedazos”, sino la constatación de que hay prioridades impostergables que exigen gestión, orden y foco.

“La fortaleza del nuevo Gobierno está en gobernar desde el mandato recibido: mostrar eficacia en la reconstrucción de Biobío, potenciar el crecimiento destrabando regulaciones, y resucitar la inversión, el empleo y el orden público”.

Pero hubo un segundo efecto, quizá aún más relevante: emergencia permitió alinear a una derecha diversa, ideológicamente plural y cargada de heridas de campaña. Tranquilizó a sectores de centro, al asegurar que no se avanzaría por ahora en agendas valóricas. Y, al mismo tiempo, habló hacia adentro: a la propia base republicana y al Partido Social Cristiano, transmitiendo que no se renunciaba a convicciones, pero que -a diferencia del pasado- primero era necesario ganar.

Aquí aparece el principal riesgo. Leer ese segundo mensaje como una licencia para “ahora sí ser uno mismo” puede ser un error fatal. Hacerlo implicaría que parte importante del 60% de electorado se sentiría engañado por una promesa incumplida. Implicaría también caer en una conducta que ha costado caro a la izquierda: desviar la conversación pública hacia disputas valóricas que no responden a la jerarquía de urgencias de la ciudadanía. Alimentar controversias simbólicas puede, en este sentido, reactivar caricaturas personales que el propio Kast logró sortear en campaña, en vez de desmitificarlas ahora desde el poder.

La fortaleza del nuevo Gobierno está en gobernar desde el mandato recibido: mostrar eficacia en la reconstrucción de Biobío (en contraste al lamentable desempeño en Viña del Mar), potenciar el crecimiento destrabando regulaciones, y resucitar la inversión, el empleo y el orden público. Ahí se juega su legitimidad. En ese contexto, decisiones como la designación de la ministra Marín resultan delicadas. El problema no es su fe, sino la ausencia de trayectoria y experiencia en políticas de mujer que le permitan formular propuestas y no solo críticas al feminismo oficialista saliente. Ese tipo de errores simbólicos, en un Gobierno que prometió foco y urgencia, pueden costar caro.

La emergencia fue una idea brillante para ganar y ahora puede serlo para gobernar con eficacia. Pero para eso, su mérito pasado debe comprenderse como lo que fue, y no como lo que algunos quisiesen que fuera.

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