El 2025 se fue sin mayor nostalgia. Para una parte importante de los chilenos fue un mal año, tanto en la evaluación del país como en la experiencia personal y familiar. No es un juicio exagerado, sino el reflejo de un período marcado por estrechez, incertidumbre y una sensación persistente de cansancio económico que se instaló en la vida cotidiana.
Lo interesante aparece cuando se mira hacia adelante. Pese a este balance negativo, una amplia mayoría de las personas cree que el 2026 será mejor que el año que termina. Esto no se explica por un entusiasmo desbordado, sino por una expectativa moderada y prudente. Más que ilusión, parece una apuesta contenida a que el escenario deje de deteriorarse.
“Cuando las personas creen que el futuro puede ser un poco mejor, el consumo se reactiva, la inversión se evalúa con menos temor y el mercado recupera cierto dinamismo”.
Las personas reconocen las dificultades recientes, pero no se instalan en el pesimismo permanente. Existe una disposición a creer que las cosas pueden mejorar, aunque sea gradualmente. De hecho, hay más personas que confían en que la economía global se verá más sólida el próximo año y más de la mitad espera contar con mayores ingresos disponibles. No son aspiraciones ambiciosas, sino expectativas básicas, casi defensivas, pero suficientes para sostener el movimiento del consumo y del mercado.
Conviene, eso sí, leer este optimismo con cautela. Todavía quienes consideran probable que el país enfrente una recesión y persisten temores estructurales que no desaparecen con el cambio de calendario. La inteligencia artificial sigue siendo percibida mayoritariamente como una amenaza para el empleo y el aumento de los eventos climáticos extremos ya forma parte de la conversación cotidiana. La confianza mejora, pero no es ingenua ni acrítica. Es un optimismo con “letra chica”.
Desde la perspectiva de quienes analizamos de manera sistemática la opinión pública y el comportamiento de las personas, este equilibrio entre esperanza y preocupación no resulta contradictorio. Es consistente con una sociedad que ha aprendido a avanzar sin bajar la guardia. Las personas ajustan expectativas, moderan decisiones y siguen adelante. No celebran antes de tiempo, pero tampoco se paralizan.
Este estado de ánimo tiene implicancias relevantes para la economía. Cuando las personas creen que el futuro puede ser un poco mejor, el consumo se reactiva, la inversión se evalúa con menos temor y el mercado recupera cierto dinamismo. No por exceso de optimismo, sino por una confianza mínima, pero suficiente para volver mover las cosas.
El desafío para 2026 no será alimentar promesas grandilocuentes, sino transformar esta expectativa contenida en mejoras concretas y sostenibles. En Chile, la esperanza rara vez es ingenua. Suele ser pragmática, incluso escéptica. Al final del día, parece que siempre estamos listos para “ponerle el hombro” una vez más.
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