La captura de Nicolás Maduro en Caracas dio la partida a un 2026 que está siendo especialmente movido a nivel geopolítico. Luego de dar el golpe en Venezuela, el presidente estadounidense, Donald Trump, volvió a poner a Groenlandia en su mira, y aseguró que su país necesita este territorio por razones de seguridad nacional. Trump no descartó usar la fuerza para lograrlo, y, en una “vuelta al futuro” de políticas decimonónicas, EEUU ha planteado incluso comprar Groenlandia, bajo control danés.
Mientras, la Unión Europea trata de elaborar una respuesta consistente que, por un lado, ahuyente a Trump, y por otro, no dinamite aún más las relaciones al interior de la OTAN.
¿Por qué es tan relevante esta fría isla ártica para EEUU? Los analistas explican que Groenlandia es observada por los norteamericanos no como una oportunidad coyuntural, sino como un activo de largo plazo donde convergen tres variables clave: seguridad militar; control de rutas marítimas emergentes; y acceso potencial a minerales críticos. Así lo resume un informe del Servicio de Estudios del Parlamento Europeo (EPRS), que define a Groenlandia como un “pivote geopolítico” para el poder estadounidense, precisamente por la superposición de estas dimensiones.
El think tank American Action Forum estima que sólo el valor actual de los recursos minerales explotables de la isla ronda los US$ 186.000 millones, algo así como la mitad del PIB de Chile, una cifra asumible para una economía como la estadounidense. En este sentido, Trump tiene poder de negociación y anteriormente ha anunciado más aranceles para Dinamarca en caso de no llegar a un acuerdo por Groenlandia. Estados Unidos representa el 19% de las exportaciones danesas fuera de la Unión Europea.
Freno a Moscú
Desde el punto de vista de la seguridad, la relevancia del territorio no es nueva. Groenlandia se ubica en la ruta más corta entre Rusia y América del Norte para un eventual ataque con misiles balísticos intercontinentales. Esta realidad explica la presencia histórica de Estados Unidos en la Base Espacial Pituffik —anteriormente conocida como Thule—, en el noroeste de la isla. La instalación es una pieza central del sistema de alerta temprana de misiles, defensa antimisiles y vigilancia espacial de Estados Unidos y la OTAN, en virtud de acuerdos bilaterales con Dinamarca que se remontan a la Guerra Fría.
A esa dimensión se suma el control de la brecha Groenlandia–Islandia–Reino Unido (GIUK), un corredor marítimo estratégico que conecta el Ártico con el Atlántico Norte. Este paso es considerado un cuello de botella natural para la Flota del Norte rusa, particularmente relevante en un contexto en que Moscú ha mantenido su inversión en capacidades navales estratégicas pese al desgaste provocado por la guerra en Ucrania. De acuerdo con la “Federation of American Scientists”, Rusia se encuentra en un proceso de modernización de su flota de submarinos nucleares —tanto estratégicos como de misiles guiados— cuya culminación se proyecta hacia comienzos de la próxima década.

El factor cambio climático
Sin embargo, el renovado interés estadounidense por Groenlandia no se explica solo por razones militares. El factor económico ha ganado peso a medida que el cambio climático altera las condiciones del Ártico. El retroceso del hielo marino -de la mano del cambio climático- está incrementando la viabilidad de rutas de navegación que hasta hace poco eran inviables. El Paso del Noroeste y la Ruta Marítima Transpolar comienzan a perfilarse como alternativas —aún estacionales y de alto riesgo— a los corredores tradicionales del comercio global.
Según datos del Consejo Ártico, el tráfico marítimo en la región aumentó un 37% entre 2013 y 2023. Para analistas logísticos y navieros, estas rutas no reemplazarán en el corto plazo al Canal de Panamá o al de Suez, pero sí introducen una variable adicional en la ecuación del comercio global, especialmente en un contexto marcado por disrupciones recurrentes, tensiones geopolíticas y vulnerabilidad de los chokepoints tradicionales.
El tercer eje, y probablemente el que más interesa a los mercados, es el de los recursos naturales. Groenlandia alberga depósitos de 39 de los 50 minerales considerados críticos por Estados Unidos para su seguridad nacional y estabilidad económica, entre ellos tierras raras como grafito y niobio y metales del grupo del platino, insumos clave para la transición energética, la industria tecnológica y el sector defensa.
Además, el Servicio Geológico de Estados Unidos estima que frente a las costas de Groenlandia existirían más de 17.500 millones de barriles de petróleo y unos 148 billones de pies cúbicos de gas natural.
Para Washington, el atractivo no radica solo en el volumen potencial, sino en la diversificación de fuentes. China domina actualmente una parte sustantiva del procesamiento global de tierras raras y ha utilizado ese control como herramienta de presión comercial. Informes de los bancos UBS, Goldman Sachs y Morgan Stanley coinciden en que las restricciones chinas a la exportación de minerales estratégicos han pasado a ser un factor estructural de riesgo para cadenas industriales clave en Estados Unidos, desde la electromovilidad hasta la defensa.
Reducir la dependencia china
En este contexto, proyectos mineros en Groenlandia han comenzado a captar atención institucional. Uno de los más observados es Tanbreez, impulsado por la Critical Metals Corp., que busca desarrollar un yacimiento de tierras raras con foco en abastecer cadenas de suministro occidentales. El US Export-Import Bank está evaluando un financiamiento cercano a los US$ 120 millones para el proyecto, una señal relevante de respaldo americano con implicancias directas para el mercado de minerales críticos.
Pero el camino estadounidense en Groenlandia se anticipa complejo. El propio Financial Times ha advertido que la narrativa de Groenlandia como una “solución rápida” al problema de los minerales críticos es engañosa. Los depósitos existen, pero su explotación enfrenta barreras significativas, como una geología compleja, costos elevados, clima extremo y una infraestructura prácticamente inexistente. En la práctica, cualquier proyecto minero relevante debe construir desde cero, puertos, caminos, energía y sistemas logísticos, lo que eleva la inversión y alarga los plazos de maduración.
A ello se suman factores políticos y sociales. En 2021, el gobierno de Groenlandia suspendió la emisión de nuevas licencias para exploración de petróleo y gas, citando preocupaciones ambientales y climáticas. Si bien el deshielo mejora la accesibilidad física a algunos recursos, también intensifica el escrutinio sobre el impacto ambiental de su desarrollo, un elemento que ha afectado a varios proyectos de energía cercanos al Ártico.
Un informe de Goldman Sachs señala que la relocalización de cadenas de suministro de minerales críticos fuera de China es un proceso costoso, lento y con alta tasa de fracaso de proyectos. Morgan Stanley, por su parte, ha descrito esta dinámica como el surgimiento de “cadenas estratégicas”, donde el retorno económico se combina con objetivos de seguridad nacional. Es decir, se trata de proyectos donde la última línea no siempre manda.
China apuesta US$ 90.000 millones
La competencia con China es un factor transversal. Beijing se autodefinió en 2018 como un “Estado casi ártico” y ha promovido la llamada Ruta de la Seda Polar como extensión de su iniciativa de infraestructura global. Según cifras del Parlamento Europeo, en 2022 las inversiones chinas por encima del Círculo Polar Ártico superaron los US$ 90 mil millones, concentradas en investigación, infraestructura y logística en países nórdicos. El informe identifica entre los objetivos chinos en la región el acceso a recursos, la diversificación de rutas comerciales y la influencia en la gobernanza del Ártico.
Y eso es lo que tiene a Trump con la mirada puesta en Groenlandia. No perder pisada ante China al depender menos de suministros críticos controlados por un competidor estratégico. De ahí que el énfasis no esté puesto en la adquisición formal de Groenlandia por parte de Estados Unidos, señalan analistas europeos, sino en fortalecer su presencia económica, financiera y estratégica, en coordinación con Dinamarca y otros aliados.
Señal para Chile
Desde la perspectiva de economías abiertas y exportadoras de recursos naturales, como Chile, el caso de Groenlandia es una señal clara. La geopolítica de los minerales críticos está redefiniendo patrones de inversión, financiamiento y comercio. Bancos como Bank of America y HSBC han advertido que la brecha estructural entre oferta y demanda de estos insumos requerirá capital, respaldo estatal y marcos regulatorios estables, incluso en jurisdicciones complejas.
En ese escenario, Groenlandia no es una promesa inmediata, pero sí un indicador adelantado de cómo seguridad, mercado y política industrial están convergiendo. Para Estados Unidos, la isla representa una opción estratégica en un mundo donde las cadenas de suministro se han convertido en un activo geopolítico de primer orden.