DF Tax | Moral tributaria
Los impuestos son indispensables para sostener una vida en común. Pero ello requiere que la ciudadanía pueda reconocer una relación entre el esfuerzo que se le exige y el bien común que ese esfuerzo permite financiar. En el último tiempo, en España se ha observado un creciente malestar ciudadano frente a la carga tributaria, acompañado de un menor reconocimiento al rol de los impuestos y una menor disposición a contribuir voluntariamente a su pago. Ante esta situación, la administración tributaria española ha realizado campañas destinadas a reforzar la conciencia sobre el pago de los impuestos, el cumplimiento tributario y su importancia para el bien común.
No es ninguna novedad que los impuestos hayan estado en el origen de importantes conflictos sociales y políticos, como la independencia de Estados Unidos o la Huelga de la Carne de 1905 en Chile. En general, en aquellos u otros episodios, la controversia se dirige a la exacción misma: qué se cobra, a quién o con qué autoridad. En cambio, en el caso español, el cuestionamiento surge respecto de impuestos inicialmente aceptados como legítimos, pero la corrupción o el mal uso de los recursos debilitan la justificación de seguir contribuyendo.
Un impuesto técnicamente bien diseñado puede perder legitimidad si el contribuyente percibe que el Estado desperdicia los recursos o los utiliza arbitrariamente. Allí aparece la “moral tributaria” o, como sugiere la literatura, la motivación intrínseca a pagar impuestos. Los sistemas fiscales no pueden descansar exclusivamente en controles y sanciones. Una administración solo puede fiscalizar directamente a una parte de quienes deben declarar. El funcionamiento del sistema depende de que la mayoría cumpla sin necesidad de ser controlada. Esta moral tributaria es una condición práctica para la eficacia del sistema.
Ahora bien, como advierte Jorge Atria en su libro “La Olla Común”, que ciertos recursos hayan sido mal utilizados no significa que fueran innecesarios o que estuvieran mal asignados. Reducirlos puede profundizar precisamente las carencias que debían resolver. Dirigir la indignación contra los impuestos, en lugar de hacerlo contra el mal uso de los recursos públicos es una confusión y un error, que termina erosionando injustificadamente la moral tributaria.
Esto no significa que se vuelva irrelevante la forma en que los impuestos se establecen, administran y destinan. La autoridad debe explicar sus objetivos y rendir cuentas sobre sus resultados. Tampoco implica que cada persona tenga derecho a recibir una contraprestación individual equivalente a los impuestos que paga. Los tributos no son el precio de un servicio particular.
España ha sido comúnmente un referente para Chile en el diseño de instituciones y políticas públicas; y su experiencia tributaria también merece atención. Chile no enfrenta actualmente un estallido de desconfianza o falta de legitimidad tributaria severa, ni puede afirmarse que esté siguiendo necesariamente la misma trayectoria. Sin embargo, el sistema ha sido objeto de constantes reformas a lo largo de casi 15 años, instalándose la cuestión tributaria como una discusión prácticamente permanente que provoca incerteza jurídica y financiera. A ello se le suma reiteradas modificaciones a tasas, cálculos, exenciones y límites, lo que se ha traducido en mayor complejidad, costosas asesorías y atochamiento de los tribunales.
Una carga que se percibe creciente o cambiante, un sistema difícil de comprender y, especialmente, la sensación de que el esfuerzo tributario no encuentra una contraprestación suficientemente visible en la calidad de los bienes y servicios públicos, pueden perfectamente ser una acumulación de señales que pueden erosionar gradualmente la disposición a contribuir.
La experiencia española ofrece una lección que conviene considerar antes de que el problema se manifieste en Chile. Reforzar la educación y comunicación tributaria, haciendo más visible para qué se contribuye y qué permite financiar ese esfuerzo colectivo, puede ayudar a fortalecer la legitimidad del sistema. Un hospital o una escuela no se construyen solo con impuestos; también necesitan una dosis de moral.