Lo sorprendente no es la caída del PIB, sino su resiliencia
JORGE SELAIVE Economista Jefe Scotiabank y Académico FEN U. de Chile
Es muy probable que Chile tenga una contracción del PIB este año y, para muchos, eso sería prueba de que algo se rompió, especialmente ante un precio del cobre históricamente alto. Algunos hablan de sorpresa, otros de un supuesto puzle sobre por qué nuestra economía estaría tan desacoplada del mundo. Me permito discrepar. Lo sorprendente no es la caída. Lo sorprendente es lo poco que ha caído el PIB no minero, considerando todo lo que nos ha golpeado.
La contracción del PIB total tiene nombre y apellido: minería. La minería tendrá su peor caída desde 1975, superando la contracción de 2022 (-7,1%). Si la minería hubiera crecido el 2% proyectado para este año a fines de 2025, el PIB total 2026 crecería entre 0,5 y 0,8%. Esa simple aritmética ni siquiera considera los shocks que se propagaron a las cadenas de valor de la actividad no minera.
“Con todos estos elementos en contra, el PIB no minero crecerá algo muy similar al observado en 2023. No es para celebrar, evidentemente, pero tampoco es el escenario de una economía en caída libre”.
Es cierto que los consumidores chilenos aparecen entre los más pesimistas de Latinoamérica. Pero no hace falta buscar explicaciones sofisticadas. El alza abrupta de los combustibles fue un shock al que los hogares no estaban acostumbrados desde inicios de los ‘90. Que eso se refleje en las encuestas de confianza y en un comportamiento precautorio no es un misterio; lo extraño sería que no ocurriera.
En inversión, la historia también es menos dramática de lo que parece. La formación bruta de capital fijo caerá marginalmente este año, pero conviene mirar su composición. La inversión minera se ha mostrado resiliente. Los grandes determinantes de la caída han sido la inversión en energía e inversión pública. Esta última, además, con un patrón conocido: la subejecución parece haber llegado para quedarse al inicio de un nuevo gobierno. El primer año del gobierno pasado la ejecución llegó al 86%. Nada nuevo bajo el sol, y tampoco algo que deba proyectarse hacia adelante.
El PIB no minero no ha tenido un año tranquilo. Ha enfrentado shocks de oferta en transporte y manufactura al menos, derivados de las externalidades negativas que los mismos factores climáticos generaron en las cadenas de valor al golpear la minería y otros sectores primarios. Cuando un eslabón relevante se detiene, el resto de la cadena lo resiente.
Y aquí está el punto central. Con todos estos elementos en contra, el PIB no minero crecerá algo muy similar al observado en 2023. No es para celebrar, evidentemente, pero tampoco es el escenario de una economía en caída libre. Es, más bien, el de una economía que absorbe golpes de distinta naturaleza, simultáneos y en buena medida ajenos a su ciclo, y sigue en pie.
Respecto del mercado laboral, seamos honestos: hace tiempo que viene mal. Su debilidad no es nueva ni forma parte de ningún puzle reciente sobre la supuesta ortogonalidad de Chile respecto de sus pares regionales. Atribuirle ahora un rol explicativo novedoso es confundir una enfermedad crónica con un síntoma de temporada.
Hace dos o tres años también abundaban los diagnósticos catastróficos. La economía no se caía a pedazos entonces, y tampoco lo está haciendo ahora.
Una caída del PIB explicada por la minería, un consumidor golpeado por los combustibles, una inversión pública que tarda en arrancar y un clima que interrumpió -y seguirá haciéndolo- cadenas productivas. Con ese cuadro, lo que debiera llamar la atención no es la caída del PIB total, sino la resiliencia ante tal cantidad de golpes.