La inteligencia que importa no es la general, es la laboral
TOMÁS SÁNCHEZ Socio, Valoriza; Director, Politropia
Cada cierto tiempo alguien anuncia que la inteligencia artificial general ya llegó. Hace 75 años, Alan Turing propuso un test: si una máquina conversa sin que distingamos que es máquina, llamémosla inteligente o tan inteligente como una persona. Ese umbral lo cruzamos sin ceremonias, y descubrimos que no era tan determinante como pensábamos. Conversar no es trabajar.
La pregunta que nos deberíamos estar haciendo es cuando llegará la inteligencia general laboral: si la máquina puede hacer el trabajo cognitivo de una persona completa. A nivel de tarea esto ya ocurre. Hoy un modelo IA redacta un ensayo, arma una cotización, el borrador de un contrato, de una propuesta comercial o de un plan estratégico. Cada pieza era, hasta hace poco, el trabajo de un analista junior.
El problema y oportunidad, es que falta poco para que lo que hoy se ejecuta fragmentadamente en diferentes tareas, pueda ser operado armónicamente por un trabajador digital.
“Falta poco para que lo que hoy se ejecuta fragmentadamente en diferentes tareas, pueda ser operado armónicamente por un trabajador digital”.
Concretamente, solo faltan cuatro cosas. Primero, multicanalidad: un mismo agente que recibe el pedido del cliente por WhatsApp, lo aclara por teléfono y responde por correo, sin perder el hilo. Segundo, multimodalidad: que ese agente no solo converse, sino que opere las herramientas, saque datos del SAP, arme la planilla en Excel, busque en internet y registre todo en el CRM. Tercero, confiabilidad: hoy acierta casi siempre, pero un puesto exige acertar más que un humano promedio y saber cuándo no sabe. Y por último, criterio: distinguir qué decidir solo, incorporar diferentes contextos y entender el sentido común pertinente.
Es decir, son desafíos menores en relación al salto cuántico que se ha dado en los últimos años.
Este momento nos encuentra en un contexto de doble filo: El INE reportó 9,5% de desocupación en mayo-julio de 2026, la más alta en cinco años, con desempleo juvenil cercano al 25%, y por otro lado, el Barómetro Digital 2026 muestra que 76% de los chilenos ya usa IA, y según el Centro de Innovación UC, la mitad de las empresas que la usan la integra en procesos clave.
Esto se traduce en que cuando la tecnología madure y se integre, cualquier empresa podrá contratar uno o diez agentes IA laborales o trabajadores digitales. No estarán en Santiago ni cotizarán en Chile: serán una suscripción pagada en Delaware, reemplazando probablemente los puestos de entrada al mercado laboral. Este es un riesgo real.
Pero es también una oportunidad. Una empresa chilena de 20 personas con agentes puede operar con la capacidad de una de 50 y competir por clientes en cualquier mercado. Es decir, se redefine el mercado mundial, y tenemos una oportunidad tángible de tomar un posición privilegiada en esta nueva revolución industrial.
Mitigar lo primero y apalancar lo segundo exige hacer las tareas: resolver los vacíos regulatorios sobre responsabilidad y uso de datos, flexibilizar un mercado laboral que tendrá que reconvertir más rápido de lo que hoy permite, y fortalecer el seguro de desempleo, entre varios otros temas para prepararnos para este tsunami.
¿A cuánto estamos de la inteligencia general laboral, seis meses o dos año? Necesitamos urgentemente empezar a conversar.