La lógica dice que nuestros jóvenes e inexpertos gobernantes algunas lecciones tienen que haber sacado luego de duros cuatro años donde la implacable realidad les recordó a diario que la administración del Estado no puede estar más lejos de los sueños utópicos. Por eso no asombra a nadie que a la hora del cierre los actuales ministros frenteamplistas reciban siempre la misma pregunta: ¿qué aprendió en estos cuatro años? Si bien la pregunta no sorprende, las respuestas sí. La ministra Antonia Orellana -el epítome de esta nueva izquierda- optó por citar a Pepe Mujica para contestar que: “una lección muy importante es que la gente quiere cambios, pero también que pase el camión de la basura”.
Uno ilusamente pensaba que perogrulladas como ésta estaban incorporadas en el actuar de quienes han manejado el poder estos años, pero al parecer no era así. La frase para el bronce de que Chile sería la tumba del neoliberalismo, no era una hipérbole más de una generación de jóvenes campeones para la retórica y la poesía sino un intento real de llevar al país por un derrotero desconocido que tenía como único elemento claro el alejarnos de las bases que permitieron a Chile dar un salto en su desarrollo y con ello en la calidad de vida de grandes bolsones de la población. Si no pudieron profundizar el intento es sólo porque se les atravesó en su camino la sabiduría popular y el camión de la basura un 4 de septiembre del 2022.
Hoy frente a la derrota estrepitosa de diciembre se habla de la bancarrota de las ideas de izquierda para enfrentar el mundo que nos toca. Se augura un largo tiempo de reflexión para encontrar qué se hizo mal y cómo volver a conectar con el chileno medio que los ha abandonado. Una exageración total cuando la solución la tienen a la mano. Volver a abrazar -con cara de asco si prefieren, pero con realismo- al capitalismo que le trajo al mundo los mejores años de gobiernos de izquierda en el planeta. Los años de la Concertación en Chile, del New Labour de Tony Blair en el Reino Unido, del PSOE de Felipe González, por nombrar sólo tres.
Puras bestias negras para estas nuevas generaciones ancladas en el socialismo setentero, pero qué se le va a hacer. París bien vale una misa cuando te están expulsando del poder con escándalo y corroe por la espalda el temor que no sea por un solo gobierno. Ese capitalismo desangelado, que no cumple con ninguna de las utopías colectivistas es irremplazable a la hora de generar prosperidad. Es cierto que exacerba el individualismo y que genera desafíos de todo tipo, pues está lejos de ser una solución perfecta, pero como alguna vez escuché a Vargas Llosa decir en el CEP a propósito del capitalismo: “hay que aceptar la mediocridad, hay que resignarse a la mediocridad, porque la mediocridad es lo único que nos ha traído progreso”. Ojalá fuese esa la lección que se lleven estos estos muchachos y muchachas -para que no me rete Antonia Cósmica- para la casa.