Desde el más allá, Sebastián Piñera estaría apoyando la candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de la ONU según la propia Bachelet. Una vez más comprobamos que en política no hay límites, y sin arrugarse, Bachelet citó unas supuestas conversaciones con el exPresidente donde la habría instado a postular el cargo. No se trata de dilucidar si es cierto o no lo señalado por Michelle, de más está decir que probablemente nunca lo sabremos, sino el evidente uso político frente a la decisión del actual Gobierno de quitarle el apoyo para su candidatura. Poco elegante por decirlo de alguna manera.
Pero no debiera sorprendernos. Para la izquierda, de un día para otro el Presidente Piñera pasó a encarnar todas las virtudes republicanas que en vida jamás le reconocieron. El único requisito previo a su santificación por sus eternos detractores es que sirva para dañar en la comparación a José Antonio Kast. “Piñera jamás hubiera hecho esto”, “Piñera jamás hubiese hecho este otro”, lo hemos escuchado con asiduidad en las bocas más inesperadas. En un acto de cierto candor, Eugenio Tironi devela la estrategia calificando esta semana las piñericosas como una muestra de humanidad, frente al Gobierno sin alma, casi robots (sic) que hoy nos gobierna. ¡Las piñericosas! Como las casualidades no existen, son varios los personeros opositores que hoy repiten la minuta del Gobierno sin corazón.
Nuestra memoria es mala, pero no tan mala. Aquí no se trata de que la muerte y la perspectiva hayan engrandecido el legado de Piñera, cosa que es cierto y de paso merecido. Estamos frente a la utilización burda de la memoria del exPresidente para sacar réditos políticos de menor cuantía. Hasta ahí, por último, podría ser tolerable. Uno no espera comportamientos impecables desde un punto de vista ético de nadie que haya dedicado su vida a la lucha constante por el poder. Pero lo que no es tolerable es que quienes hoy día lo ensalzan sean quienes hasta hace muy poco lo calificaban de la peor manera posible.
Piñera el dictador, el asesino, el violador de derechos humanos, el que debía ser perseguido en cortes penales internacionales, el corrupto, el ladrón, el que debía ser sacado del poder por las buenas o por las pésimas. Es duro leerlo (y también escribirlo), pero así fue tratado Sebastián Piñera por las huestes de izquierda no mucho tiempo atrás. No fue un exabrupto de un loquito que dice cualquier cosa, fue un ataque a mansalva y generalizado. Dos acusaciones constitucionales y el Palacio de La Moneda a minutos de caer en manos de las masas afiebradas envalentonadas por políticos con investidura de Estado.
Estuvimos ahí, no nos lo contaron y no fue hace mucho. En los momentos más duros no hubo una muestra de solidaridad que rescatar. Ni una sola. Famosa es el “pasó la vieja” que usó Bachelet cuando Piñera le pidió ayuda para reflotar su proyecto de Constitución como artefacto para calmar los ánimos de un país y un Gobierno que se desbarrancaban. Piñera sonríe irónicamente desde el más allá al ver a sus enconados detractores con este súbito prurito apologético. Es ampliamente reconocido que una de sus grandes virtudes políticas era que carecía totalmente de rencor, virtud que no se nos ha dado a todos, como queda hoy en evidencia.