Tras la ferocidad y el escaso afecto democrático con que la izquierda trató al exPresidente Piñera en su segundo gobierno, quedó flotando una duda: ¿habrán aprendido algo? Y, sobre todo, ¿pondrían en práctica ese aprendizaje al volver a ser oposición? Pues bien, el día llegó. Por eso, la ciudadanía observa con lupa las primeras señales para descifrar qué nos deparan los próximos cuatro años.
Aunque es pronto para diagnósticos definitivos, la elección de las mesas directivas del Congreso funciona como una ventanita privilegiada hacia el futuro. El Senado, como ya es costumbre, estuvo a la altura. Con relativa facilidad se fraguó un pacto de gobernabilidad que distribuye el poder en presidencias y comisiones entre la centroderecha y el “socialismo democrático” -ese apellido que debiese incomodar a quienes habitan a su izquierda-. Todo razonable y pacífico; un buen augurio de futuros entendimientos en beneficio del país. Hasta ahí, la lección parecía aprendida.
Sin embargo, la izquierda en la Cámara de Diputados dijo otra cosa, porque alinearse tras Pamela Jiles no es un detalle menor. En política es sabido que, para alcanzar objetivos, a veces hay que comerse un sapo; pero en este caso, la izquierda se tragó un ejército de anuros sin siquiera un vaso de agua entremedio. Jiles fue implacable con el gobierno de Boric y, especialmente, con la figura del mandatario. No abundaban las críticas políticas, sino un hostigamiento personal permanente que despertaba algo de compasión incluso en sus opositores. No tanto tampoco, pero algo.
La diputada no es sólo símbolo de extravagancia y falta de republicanismo, sino también de esa política nefasta para el bienestar nacional: los retiros previsionales. No es un tema olvidado para ella. En plena tragedia por los incendios forestales en Ñuble y Biobío, desenfundó su arma mágica proponiendo un retiro especial para los damnificados. Nadie la infló entonces, pero con la vitrina de la presidencia de la Cámara, habríamos revivido esa pesadilla cada 15 días.
Para esta izquierda parlamentaria, todo pareció valer -incluso la propia humillación- con tal de propinarle una derrota al gobierno de Kast en su debut. Apostaron por quien prometió hacerle la vida imposible al nuevo Ejecutivo y, si bien fallaron, lo hicieron por un margen mínimo. Poco y nada parecen haber aprendido; los sentidos mea culpa que escuchamos durante el gobierno anterior parecen habérselos llevado el viento de la derrota.
¿Primará la sensatez del Senado o la irresponsabilidad de la Cámara? Lo sabremos pronto, pero el optimismo escasea. Más vale que se mantenga la chispeza que mostraron Alvarado y García Ruminot para pirquinear esos votos que, ajustadamente, nos salvaron del desmadre y la vergüenza nacional.