La importancia de reintegrar el sistema tributario
CECILIA CIFUENTES Economista, directora Centro de Estudios Financieros del ESE, UAndes
Existe bastante consenso sobre la necesidad de bajar la tasa de Primera Categoría. Cerca de 120 mil empresas tributan en el régimen general con tasa de 27% y régimen semiintegrado. Adicionalmente, todos los trabajadores chilenos tenemos acciones y bonos de empresas que tributan en ese régimen, a través de nuestro ahorro previsional. Casi el 90% de los bienes y servicios se los compramos a grandes empresas, y cerca del 60% de los ocupados formales está en empresas que pagan la tasa de 27%. Ese impuesto lo pagamos todos, no el 1% más rico. Basta de la consigna tonta. El gobierno de Boric también propuso una reducción de esta tasa, y fue propuesta de campaña de casi todos los candidatos presidenciales.
La reintegración genera más disensos; varios colegas consideran que no es muy relevante. Estoy convencida de lo contrario: es un elemento central de un buen sistema de impuesto a la renta.
“La reintegración evitaría el absurdo de que el peor resultado para una empresa pequeña es que sus ventas superen las UF 75 mil, ya que el castigo tributario es tan significativo que sus ejecutivos deben evitar a toda costa crecer”.
¿Por qué? Primero, asegura equidad horizontal. En uno desintegrado, los ingresos del trabajo pagan tasas progresivas, en cambio el capital paga una tasa proporcional a nivel de empresas, y luego una adicional, normalmente proporcional, sobre los dividendos. Esto lleva a que dos personas con el mismo ingreso, proveniente de fuentes distintas, no paguen lo mismo, rompiendo la equidad horizontal y generando doble tributación. Lo usual será que la tasa del capital resulte mayor, pero puede darse lo contrario a niveles de ingresos muy altos, ya que el trabajo paga una tasa progresiva, mientras el capital paga una proporcional, que podría ser menor.
Una segunda ventaja, muy importante en el caso chileno, es que hace innecesario tener regímenes especiales para empresas de menor tamaño. En un sistema integrado, lo relevante es la tasa del socio, siendo el impuesto de Primera Categoría solo una retención para el pago final. El fin de la reintegración llevó a la creación de múltiples regímenes, buscando un sistema menos oneroso para empresas pequeñas. Pero la evidencia muestra que sistemas con regímenes múltiples terminan dañando la recaudación, ya que generan más espacios para la planificación tributaria y la división artificial de sociedades. En Chile, las empresas acogidas en estos regímenes especiales han crecido a una velocidad varias veces superior a la del régimen general. Esta complejidad es probablemente una de las causas del escaso rendimiento de las reformas tributarias a desde 2014.
Vinculado a lo anterior, la reintegración evitaría el absurdo de que el peor resultado para una empresa pequeña es que sus ventas superen las UF 75 mil, ya que implica un castigo tributario tan significativo que sus ejecutivos deben evitar a toda costa crecer. Esa UF adicional la deja fuera de los regímenes para PYME, integrados y con bajas tasas, y la obliga a pasar al régimen semiintegrado ¿Habrá algo peor que una política de impuesto a la renta que castigue el crecimiento de las empresas?
Un último punto a favor de la reintegración es que evita la discriminación absurda en contra de los inversionistas chilenos, que pagan una tasa máxima de 44,5%, mientras que uno extranjero paga 35%. ¿Tiene sentido que se incentive a un chileno a invertir en su propio país disfrazado de extranjero para reducir su carga?
Reintegrar es tanto o más importante que bajar la tasa de Primera Categoría, en pro de un sistema más simple, más eficiente y más justo.
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