Durante el último año, Estados Unidos ha ido mucho más allá de subir aranceles a China. Lo que ha venido construyendo es una arquitectura legal y regulatoria para que otros países también incorporen herramientas de seguridad económica. Ya no se trata solo de comercio. Se trata de controles de exportación, investment screening, restricciones tecnológicas y nuevas condiciones para participar en las cadenas de suministro.
Esa lógica ya aparece en varios de los nuevos acuerdos recíprocos impulsados por Washington, y Chile hoy está en plena negociación de uno de ellos. Son instrumentos que, más que abrir mercados -donde ya tenemos arancel cero-, buscan alinear a terceros países con una visión de seguridad. Así, la política comercial deja de ser neutral y se transforma en una herramienta para rediseñar cadenas de suministro y ordenar preferencias geopolíticas.
“Más allá de las tierras raras, China ha seguido consolidando otra fuente de poder, su peso en bienes intermedios y de capital”.
Hasta ahora, gran parte del análisis se ha concentrado en esa estrategia estadounidense. Pero ese enfoque tiene un problema. Supone que China seguirá siendo un actor pasivo, limitado a absorber costos o responder con medidas puntuales. Esa premisa ya no se sostiene. China acaba de publicar sus primeras regulaciones integrales sobre seguridad de cadenas industriales y de suministro. No es una norma meramente técnica. Es una señal política y estratégica. China está comenzando a construir su propia arquitectura jurídica para responder a un mundo en el que el comercio, la inversión y la tecnología están cada vez más subordinados a la seguridad nacional.
Eso importa porque muestra que la rivalidad ya entró en una nueva fase. Ya no se trata solo de que EEUU impulse reglas para que sus socios reduzcan exposición a China. China también está desarrollando reglas para defender su posición y preservar su control sobre eslabones clave de las cadenas globales.
Y ahí aparece uno de los puntos más subestimados del debate. Mientras buena parte del mundo mira con preocupación su dependencia en tierras raras, China ha seguido consolidando otra fuente de poder, su peso en bienes intermedios y de capital. Es decir, en componentes, materiales e insumos industriales que no siempre capturan titulares, pero sin los cuales el resto de la economía no funciona. La reciente presión sobre el mercado del ácido sulfúrico -insumo clave para la minería chilena- es un buen ejemplo.
Para las empresas, esto tiene implicancias concretas. Ya no basta con mirar aranceles o acceso a mercado. Ahora hay que entender la exposición a cadenas de suministro, la dependencia de insumos, los riesgos regulatorios cruzados y las eventuales presiones contradictorias entre jurisdicciones.
En el fondo, China no solo está respondiendo. Está subiendo la apuesta. Y eso confirma algo más amplio. Estamos viendo el surgimiento de una nueva arquitectura global, en la que comercio, inversión, tecnología y seguridad se entrelazan cada vez más. Esa arquitectura no será transitoria. Será el nuevo contexto con el que gobiernos y empresas tendrán que convivir.
Instagram
Facebook
LinkedIn
YouTube
TikTok