El giro de la UE en libre competencia: ¿Es momento de repensar la escala en Chile?
JORGE ATTON P. Exsubsecretario de Telecomunicaciones
La política de libre competencia a nivel global está viviendo un punto de inflexión que emana desde Bruselas. La Unión Europea, históricamente la guardiana más severa de la atomización de los mercados, ha iniciado una consulta pública para reformar sus directrices de fusiones. El cambio propuesto es profundo: empezar a considerar la escala, la innovación y la resiliencia como factores pro competitivos.
Este movimiento no es un simple ajuste técnico; es una respuesta a un contexto geopolítico y comercial que ha cambiado las reglas del juego. Europa ha comprendido que, frente a la competencia de potencias como China y Estados Unidos, la “pequeñez” protegida puede convertirse en una debilidad estructural. Para Chile, cuya institucionalidad suele espejar las tendencias europeas, este cambio de guion debe ser leído con máxima atención.
“Para nuestra institucionalidad, el desafío es claro: modernizar los criterios de evaluación de operaciones de concentración. Si seguimos anclados en una visión donde el tamaño es el único enemigo, corremos el riesgo de quedar con mercados locales ‘perfectos’ pero irrelevantes y frágiles ante el resto del mundo”.
De la desconfianza a la eficiencia estratégica
Hasta ahora, la lógica predominante tanto en la UE como en Chile (a través de la FNE y el TDLC) ha sido que la consolidación es, casi por definición, sospechosa. El foco principal ha sido el bienestar del consumidor medido en precios de corto plazo. Sin embargo, las nuevas directrices europeas sugieren que la capacidad de inversión masiva y la robustez industrial son beneficios que pueden compensar, e incluso superar, los riesgos de una mayor concentración.
En el contexto chileno, este enfoque es crítico por tres razones:
• El desafío de las eficiencias dinámicas: en industrias que requieren capital intensivo —como el hidrógeno verde, el litio o la infraestructura digital—, la escala no es un lujo, sino una condición de posibilidad. Chile necesita transitar de un análisis de “eficiencias estáticas” (precios hoy) a uno de “eficiencias dinámicas” (capacidad de innovar y competir globalmente mañana).
• Resiliencia frente a la incertidumbre: la propuesta europea introduce la resiliencia como factor clave. Una economía pequeña y abierta como la nuestra, expuesta a vaivenes externos, se beneficiaría de permitir consolidaciones que fortalezcan la columna vertebral de sus cadenas de suministro, permitiendo que las empresas locales tengan el tamaño suficiente para absorber shocks globales.
• Competitividad global vs. local: a menudo, nuestra regulación castiga la escala a nivel doméstico sin ponderar que esa misma empresa, en el escenario mundial, es un actor marginal. Si el estándar europeo cambia hacia la promoción de “campeones industriales”, Chile debe preguntarse si su actual rigidez no estará limitando el nacimiento de actores nacionales capaces de liderar en el extranjero.
La reforma en proceso en la UE busca dar peso a la idea de que jugadores más grandes, con bases de costos más sólidas, están mejor posicionados para sostener la innovación que beneficia a toda la sociedad. No se trata de permitir monopolios, sino de sofisticar el análisis para entender cuándo la escala es una herramienta de progreso y no de abuso.
Para nuestra institucionalidad, el desafío es claro: modernizar los criterios de evaluación de operaciones de concentración. Si seguimos anclados en una visión donde el tamaño es el único enemigo, corremos el riesgo de quedar con mercados locales “perfectos” pero irrelevantes y frágiles ante el resto del mundo. El giro de la UE nos ofrece la oportunidad de liderar esta discusión en la región, permitiendo que la escala sea, finalmente, vista como un motor de competitividad.
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