Que se mueva por intereses propios no debería sorprender a nadie; es una verdad histórica que linda con lo trivial. Lo verdaderamente inquietante es otra cosa: el momento en que el poder -sea político, económico o militar- renuncia a justificarse; cuando deja de invocar valores, principios universales o alguna noción de grandeza que exceda su propia voluntad.
No es lo mismo un poder cínico que aún se siente obligado a explicar lo que hace, que uno que actúa sin explicación alguna, indiferente al juicio público o de terceros, y con desdén abierto por las reglas, los procedimientos y las instituciones que antes servían -aunque fuera imperfectamente- como diques de contención.
“Cuando el poder declara que su único freno es su propia moral -como el propio Trump se lo confesara a los periodistas del New York Times-, no hay mecanismo de defensa para quienes quedan expuestos a su ejercicio. Ya no hay estándares que invocar, ni promesas que confrontar, ni reglas que reclamar”.
Cuando el poder deja de justificarse, deja también de limitarse.
La diferencia se ve con nitidez si se contrasta la conducta de Trump ante Maduro y de Bush ante Hussein. En 2003, el Secretario de Estado Powell compareció ante el Consejo de Seguridad de la ONU para argumentar a favor de la invasión a Irak y obtener el respaldo del Consejo. Mintió, lo sabemos. Pero esa mentira estaba revestida de un ritual significativo: había que probar, persuadir, convencer y construir una alianza, si no político-militar, al menos moral, que respaldara su actuación.
Para ello había que hablar el lenguaje del derecho internacional, de la seguridad colectiva, de la paz mundial. Ese lenguaje no impedía el abuso, pero le imponía una forma y le ponía límites. Y esto, a su vez, ofrecía a los críticos (y a las potenciales víctimas) un punto de apoyo: la posibilidad de denunciar la inconsistencia, de exigir rendición de cuentas.
La operación de Trump en Venezuela —como tantas otras decisiones de su administración— prescindió por completo de ese andamiaje. No hubo deliberación significativa en el Congreso, no hubo intento serio de construir respaldo internacional, no hubo relato universalista que amortiguara el golpe. Hubo acción, punto. Y, en algunos casos, burla explícita hacia los organismos multilaterales y el derecho internacional. Es un contraste brutal.
Cuando el poder invoca valores externos —derechos humanos, democracia, seguridad colectiva— no solo busca legitimidad: se autoimpone restricciones, aunque sean frágiles. Debe “probar” que actúa conforme a esos valores, debe respetar reglas, simular procedimientos, aceptar jueces. Esa exigencia no es solo hipocresía; es también una forma de contención. Obliga a cuidar las apariencias, y en todos los ámbitos (desde la política a la empresa, desde lo doméstico a lo público) las apariencias importan porque habilitan la crítica y hacen posible la rendición de cuentas.
Esta lógica no es exclusiva del poder político. La sociología del capitalismo ha mostrado que las empresas no sobreviven solo por su eficiencia, sino porque construyen relatos de grandeza —innovación, bienestar, progreso— que las obligan a rendir cuentas. Cuando ese imperativo de justificación se debilita, el poder económico también se vuelve más crudo, más opaco y más difícil de someter a escrutinio.
Por eso lo que estamos viendo no es solo un cambio de estilo, sino un cambio de régimen de legitimación. El problema no es que el poder persiga intereses; el problema es que ya no sienta la necesidad de explicarlos en nombre de algo más grande que sí mismo.
Cuando este paso se omite, cuando el poder declara que su único freno es su propia moral —como el propio Trump se lo confesara a los periodistas del New York Times—, no hay mecanismo de defensa para quienes quedan expuestos a su ejercicio. Ya no hay estándares que invocar, ni promesas que confrontar, ni reglas que reclamar: solo hechos consumados.
Tal vez ahí resida lo más inquietante del momento actual. No tanto en la brutalidad de ciertas decisiones, sino en la naturalidad con que se ejecutan. No en la fuerza, sino en su desnudez. No en la dirección, sino en la sustitución de la deliberación y la persuasión por la acción y el espectáculo.
Se puede hacer, luego se hace: este es el mensaje.
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