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Preocupados

KAREN THAL Presidenta de Cadem

Por: Equipo DF

Publicado: Lunes 18 de mayo de 2026 a las 04:00 hrs.

Hay muchas maneras de intentar comprender los cambios sociales. La sociología, la antropología, la ciencia política, la economía conductual y los estudios culturales ofrecen herramientas distintas para interpretar lo que ocurre en una sociedad. Pero hay una dimensión que muchas veces se subestima y que es decisiva para entender ciertos momentos históricos: las emociones y los estados de ánimo colectivos.

Porque las sociedades también sienten. Sienten miedo, rabia, esperanza, frustración o preocupación. Y esas emociones no solo reflejan lo que ocurre: muchas veces anticipan cambios políticos y culturales antes de que aparezcan en los indicadores.

“Las emociones no cambian solo con diagnósticos; lo hacen cuando las personas sienten mejoras reales en sus vidas. Esto exige respuestas concretas y una política menos atrapada en disputas y más enfocada en resolver problemas urgentes”.

Desde el estallido social, en Cadem hemos desarrollado un trabajo cualitativo permanente para intentar comprender precisamente eso: cómo han ido cambiando las emociones y prioridades de los chilenos. Y si resumiéramos lo ocurrido desde 2019 hasta hoy, probablemente habría que hablar de un verdadero viaje de emociones. Primero vino la rabia, que explotó en octubre de 2019 y que expresaba frustración, sensación de abuso y de desconexión entre las élites y la vida cotidiana de las personas. Luego apareció la esperanza. Encausar el descontento a través de un proceso constitucional representó para muchos la posibilidad de recuperar la cohesión y construir un país más justo.

Pero la esperanza se derrumbó. Dos procesos constitucionales fallidos, la pandemia, los encierros, la inflación, el aumento explosivo de la delincuencia y la inmigración irregular, terminaron modificando las prioridades ciudadanas, que se movieron desde las demandas sociales hacia necesidades mucho más básicas: orden, seguridad y progreso. Y ahí vino el cansancio y la desesperanza. 

A comienzos de 2025 hicimos un ejercicio cualitativo que reflejaba con crudeza ese estado de ánimo. Preguntamos: “Si Chile fuera una persona, ¿cómo sería?” La descripción era muy fuerte: alguien de alrededor de 40 años, deprimido, mal vestido y “empastillado”.

Las elecciones presidenciales volvieron a mover el ánimo. Surgieron expectativas de que el país podía retomar una ruta de seguridad y crecimiento. Pero ese impulso se ha debilitado. El shock externo, el aumento del costo de vida, y la persistente sensación de fragilidad volvieron a instalar otra emoción dominante: la preocupación.

Hoy Chile es un país preocupado.

Preocupado porque los sueldos no alcanzan, el empleo sigue siendo frágil y la inseguridad sigue marcando la vida en muchos barrios. Y porque existe la percepción de que la política avanza más lento que los problemas.

Hay, sin embargo, algo importante. Existe bastante consenso en que el crecimiento económico importa. Que sin crecimiento no habrá mejores salarios, mejores pensiones, más empleo ni más recursos para enfrentar la delincuencia o mejorar la salud.

Pero las emociones no cambian solo con diagnósticos. Cambian cuando las personas sienten mejoras reales en sus vidas. Por eso este viaje emocional exige respuestas concretas. Y una política menos atrapada en disputas y más enfocada en resolver problemas urgentes.  

Al final, la mayoría de los chilenos no está pidiendo revoluciones. Está pidiendo soluciones que lleguen a sus bolsillos y a sus barrios.  Aspiran a algo mucho más básico y profundo: recuperar la tranquilidad.

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