El “Niño Godzilla” y especialmente el aluvión en Las Condes pusieron nuevamente al cambio climático en el centro del debate público. Este, que fuera por años un tema protagónico en el debate global, fue relegado primero por la pandemia y luego por la IA, y parecía no ser prioridad. Eventos como los vividos las últimas semanas siempre han existido, pero el aumento de las temperaturas hará que se den más seguido y con más intensidad.
No ha sido fácil tener una conversación racional sobre el cambio climático. Negar el problema genera mucho daño; no hay cómo reducir el impacto de un flagelo que nos negamos a ver. Hay mucha mentira dando vueltas, y políticos, medios de comunicación y académicos han hecho bien en combatirla. Pero sembrar el pánico ha sido la otra cara de ese problema, y una que rara vez se aborda. Es frecuente dar con personas que han exagerado el problema a niveles que impiden conversar, pues si la humanidad se acaba, nada más tiene sentido. Ni los esfuerzos en educación, salud o vivienda pueden competir. En 2021 una medición sobre cambio climático en 10 países mostró que un 56% de los jóvenes de entre 16 y 25 años declaraba que “la humanidad está condenada”. Ningún antecedente científico justifica una visión tan sombría sobre el futuro, pero ahí está, y claro que tiene impactos (¿no habrá aquí una de las explicaciones de que cada vez menos jóvenes quieran tener hijos?).
“El cambio climático hará nuestras vidas más difíciles en el futuro, eso ocurrirá en un mundo que seguirá progresando, y por sobre todo que se seguirá adaptando”.
Detrás del pánico muchas veces hay tan solo personas desinformadas. En otras ocasiones hay manifestaciones de las dinámicas propias del activismo: la creencia (equivocada) de que es mejor tirar el tejo pasado en el grado de alarmismo si eso permite generar conciencia, no dimensionando que el pánico rara vez ayuda a tomar buenas decisiones. Finalmente, y como ocurre a menudo, la política mete la cola, pues no hay mejor justificación a un cambio radical del modelo capitalista que el monstruo del fin del mundo. De allí provienen proyectos políticos que nos invitan a decrecer, transformando por completo nuestro sistema económico. A estos últimos hay que combatirlos activamente, y con la misma fuerza que a los temidos “negacionistas”.
Para responder adecuadamente, un buen primer paso es poner el problema en su real dimensión. El cambio climático hará nuestras vidas más difíciles en el futuro, eso ocurrirá en un mundo que seguirá progresando, y por sobre todo que se seguirá adaptando. Un ejemplo contraintuitivo: pese al alza sostenida de las temperaturas, la superficie quemada a nivel global ha disminuido en las últimas décadas. Las razones son varias, pero una de ellas es que cada vez somos mejores para prevenir y combatir incendios.
Como país debemos seguir fortaleciendo nuestra capacidad para lidiar con estos fenómenos. Un primer paso para eso es dedicar más energía, tiempo y recursos en adaptación, incluso si eso es a costa de una menor preocupación por las temidas emisiones. Lo primero salva vidas, mientras que lo segundo prácticamente no mueve la aguja global. Un segundo paso es hacer buena política pública; una que mide costos y beneficios, tanto del problema, como de las distintas soluciones disponibles. Eso implica entender que el simple hecho de que una propuesta busque abordar el problema del cambio climático no necesariamente la hace una buena política pública. Finalmente, la investigación científica debe ser el pilar sobre el que construir una política de mitigación a nivel global: dar con alternativas no contaminantes baratas y rápidamente escalables.
El clima, pero también el desempleo, la educación de mala calidad, la delincuencia o las esperas en atención de salud, seguirán siendo problemas que deberemos enfrentar a futuro. Esto exige entonces respuestas adecuadas, entender y reconocer el problema, situarlo en su adecuada dimensión, y por sobre todo, que cada peso gastado mueva la aguja. Solo así podremos avanzar en respuestas costo efectivas que generen bienestar social sin desviar esos esfuerzos de otras necesidades tanto o más importantes. Ni taparse los ojos ni provocar pánico contribuyen a que el próximo aluvión nos encuentre mejor preparados.