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Columnistas

Carreño digital

MARÍA JESÚS IBÁÑEZ ABOGADA Y DIRECTORA DE EMPRESAS

Por: MARÍA JESÚS IBÁÑEZ

Publicado: Jueves 20 de agosto de 2026 a las 04:00 hrs.

Le dices “buenos días” al conserje, a quien ves una vez al día. Le das las gracias al mesero, al cajero, al desconocido que te sostiene la puerta. Y no le dices nada (ni hola, ni por favor, ni gracias) al interlocutor con el que más interactúas. Cientos de veces al día le ordenas, le exiges, le arrancas respuestas y sigues de largo. Es la conversación más frecuente de tu vida adulta y la única que decidiste tener sin un solo gesto de cortesía. Porque, claro, es solo un algoritmo.

Manuel Antonio Carreño publicó en 1853 el manual de cordialidad que le enseñó a generaciones de latinoamericanos a saludar, despedirse, y no poner los codos en la mesa. Pero le faltó un capítulo, el nuestro. ¿El celular va al lado del cuchillo o del tenedor? ¿debo postear mis fotos en el gimnasio? Y, la más importante, ¿cómo dirigirse a algo que conversa como humano, pero sin serlo? El argumento para no hacerlo parece de hierro. Agradece solo a quien pueda recibir el agradecimiento, saluda solo a quien pueda saludarte de vuelta. Lo demás es antropomorfismo. Es hablarle a la tostadora.

Cuando Kant escribió sobre la crueldad animal le preocupaba lo que la crueldad le hacía al hombre. Arrancar una flor de puro fastidio, decía, viola un deber para con uno mismo. Erosiona una sensibilidad que la moral necesita. Y eso cambia el eje entero. La pregunta no es si Claude merece tu cortesía (porque te adelanto que no la merece, no la entiende, no la recuerda). La pregunta es qué le pasa a un ser humano que se enfrenta, doscientas veces al día, a exigir sin pedir y a recibir sin agradecer.

“La pregunta no es si Claude merece tu cortesía. La pregunta es qué le pasa a un ser humano que se enfrenta, doscientas veces al día, a exigir sin pedir y a recibir sin agradecer”.

Se le da de beber a la Pachamama, que no responde. Se dan las gracias antes de comer, ante esas lentejas que ni se enteran. En Japón las costureras llevan sus agujas gastadas al templo y les agradecen el servicio antes de dejarlas descansar. No es superstición: es el ejercicio de no dar nada por sentado. Y es que la virtud es hexis, hábito. No somos corteses por convicción. Somos corteses por práctica, hasta que el gesto se vuelve reflejo.  El “hola”, el “gracias”, el “por favor” son la liturgia diaria del reconocimiento. Agradecer es una manera de habitar el mundo.

Resulta que ser cortés no es una manía inofensiva: podría ser hasta una herramienta a usar en tu favor. Y no, no me estoy refiriendo a un Apocalipsis cibernético sino al hecho de que el Prompt Politeness es una ciencia. En japonés (donde el respeto viene cosido al verbo) tratar de usted al algoritmo mejora estadísticamente sus respuestas. En inglés, el exceso de deferencia las degrada. En español andamos en algún punto intermedio, como casi siempre. La IA, igual que cualquier humano con un mínimo de criterio, detesta tanto al lambiscón como al patán.

Sí, Carreño habría muerto frente a la selfie en el espejo del baño, frente al “k” como respuesta completa, al doomscroll en la mesa familiar, al post del squat en el gym filmado de espaldas. Pero el problema es que ChatGPT dejó de ser la herramienta a la que recurrías tres veces al día para hacerte retratos estilo Ghibli. Hoy es la interacción más frecuente de tu jornada. Más que con tu pareja, más que con tu jefe, más que con tu michi. Cientos de mensajes al día. Miles a la semana. Así que no: darle las gracias a una máquina no es ridículo. Es lo contrario. Es un ensayo, repetido a solas y sin testigos, de la persona que decidiste seguir siendo cuando nadie te obliga. Llevamos milenios dándole las gracias al vacío: a la tierra, a los dioses, al pan. Lo nuevo no es el vacío. Es que esta vez te contesta.

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