Si tuviéramos que resumir en una frase los resultados del Global Entrepreneurship Monitor (GEM) 2025/2026, reporte anual que analiza la actividad emprendedora en más de 120 economías -y cuyo apartado con el panorama local fue presentado en la UDD- tenemos que concluir que los chilenos están emprendiendo más que nunca, pero les sigue costando mantenerse en pie.
La tasa total de actividad emprendedora llegó a 29,4% de la población adulta, sólo detrás de Angola y Ecuador, y con 2,4 puntos más que en 2024. Eso nos ubica como el tercer país con mayor actividad emprendedora inicial del mundo. La innovación también avanzó en todas las etapas del ciclo emprendedor, y más de la mitad de los encuestados asegura que su producto o proceso es nuevo en alguna dimensión.
Pero cuando miramos estos números con rigurosidad, aparece un diagnóstico menos auspicioso. Tres de cada cuatro personas que emprenden en Chile lo hacen porque no encontraron trabajo, no porque identificaron una oportunidad. Y la evidencia asocia esa motivación con un menor crecimiento futuro. Emprender por necesidad no es un problema en sí mismo (de hecho, muchas historias notables partieron así) pero cuando se vuelve la norma, es señal de que el mercado laboral no ofrece alternativas suficientes.
“Tres de cada cuatro personas que emprenden en Chile lo hacen porque no encontraron trabajo, no porque identificaron una oportunidad. Y la evidencia asocia esa motivación con un menor crecimiento futuro”.
Otro dato que respalda esta realidad es que solo el 7,1% de quienes emprenden logra consolidarse. La enorme mayoría se queda en el camino antes de convertirse en una empresa establecida. Esto ocurre porque si bien las políticas públicas de los últimos años se concentraron en fomentar la creación de emprendimientos, hay una deuda en la consolidación por falta de financiamiento, redes y apoyo para internacionalizar. Fundar es solo el primer paso; sostener y crecer requiere un ecosistema que hoy no está a la altura.
A esto se suma una brecha de género que lamentablemente se agranda con el tiempo: las mujeres son mayoría en la etapa inicial de los proyectos con un 53%, pero ese porcentaje cae a 46% en la fase empresarial y apenas a un 40% entre quienes logran establecerse. Partimos parejos, pero las estructuras nos van dejando atrás.
Y hablando de desigualdades, aunque más del 40% de quienes emprenden en etapa inicial ya considera la inteligencia artificial como un elemento muy importante para su estrategia, seguimos fallando en algo básico. La educación emprendedora en el colegio es la etapa peor evaluada del ecosistema, con apenas 2,2 de 10 puntos.
Estudios globales como este nos sirven para revisar el panorama interno y recordarnos que la principal preocupación de quien emprende debería ser que su negocio funcione, no cómo sobrevivir a duras penas atrapados en un laberinto de obstáculos. Simplificar el camino inicial es necesario, pero no suficiente. El desafío mayor viene después, en acompañar a quienes ya dieron el primer paso para que puedan seguir avanzando.
Es muy valioso la energía emprendedora que existe en el país, pero no podemos quedarnos sólo con ese 29,4% de emprendedores. El foco debería estar en que ese 7,1% logre consolidarse y pasar de una lógica centrada en impulsar el nacimiento de nuevos negocios a una estrategia que acompañe sus distintas etapas de desarrollo, especialmente aquellas donde los proyectos enfrentan mayores dificultades para sobrevivir y crecer.
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