Hace un año, el consenso de mercado esperaba que la economía chilena creciera cerca de 2% en 2026. Con el pasar de los meses, hubo sucesivas revisiones al alza explicadas por el mejor desempeño del precio del cobre, una economía mundial que fue más resiliente frente a las tensiones comerciales y una percepción de mayor dinamismo de la inversión. Las proyecciones de crecimiento del consenso de mercado llegaron a casi 3%, incluso con algunos actores de mercado viendo la expansión de este año por sobre esa cifra.
Sin embargo, actualmente esas mismas estimaciones vuelven a ubicarse bastante más abajo. En apenas doce meses, el ciclo de expectativas completó prácticamente una vuelta en U y se ubican en torno a 1%.
¿Qué cambió? Es punto central está en la energía. Hacia fines de 2025, el petróleo estaba en torno a US$ 60 por barril. Nadie hablaba en ese entonces de un shock energético. Pero la escalada del conflicto en Medio Oriente y el cierre del Estrecho de Ormuz provocaron una de las mayores disrupciones desde la invasión de Rusia a Ucrania. En pocas semanas, el precio del crudo superó los US$ 100 por barril.
“La inflación debería moderarse a medida que el shock energético pierda intensidad y los sectores de recursos naturales muestren señales de estabilización. A ello se suma una cartera de inversión que continúa expandiéndose”.
Los efectos llegaron rápidamente a Chile. El primer canal fue la inflación. El aumento y traspaso a los combustibles domésticos elevó rápidamente la inflación pasando de estar bajo 3% a sobre 4%. El segundo canal fue la consecuente caída del ingreso disponible. Cuando una parte del presupuesto familiar debe destinarse a energía y transporte, que no puede sustituirse, queda menos espacio para otros consumos. El tercero fue el de las expectativas, donde consumidores y empresas recalibraron a las bajas su percepción.
Con todo, la debilidad del primer semestre no respondió únicamente al shock energético. También incidieron problemas de oferta en sectores de recursos naturales, como minería, agricultura, pesca y la industria ligada a alimentos. No toda la desaceleración respondió necesariamente a una menor demanda.
¿Qué esperar hacia adelante? Hoy prevemos que el crecimiento este año será de 1%, pero esto no implica que la economía continuará como el primer semestre. La inflación debería moderarse a medida que el shock energético pierda intensidad y los sectores de recursos naturales ya muestren señales de estabilización. A ello se suma una cartera de inversión que continúa expandiéndose, impulsada por proyectos en minería y energía. El último Catastro de Bienes de Capital registra una nueva entrada de proyectos con cronograma definido por casi 10 mil millones de dólares, alcanzando un total de inversión para el quinquenio de 95 mil millones de dólares. Es una cifra sorprendentemente elevada que debería ayudar a impulsar el dinamismo.
Sin embargo, también hay razones para mantener la cautela. Parte del optimismo de comienzos de año estuvo asociado a una sobreestimación del timing más que de la magnitud de la inversión. Los proyectos han aumentado en cantidad e inversión, pero su materialización es gradual. Además, esta última continúa estando muy concentrada en algunos sectores, mientras que por ejemplo la construcción en edificación sigue mostrando un rezago importante.
El escenario base continúa siendo de una recuperación gradual y es muy probable que el próximo año alcancemos o superemos el 3%. Pero más importante, que el crecimiento cíclico y pasar del optimismo al pesimismo y viceversa, es seguir apuntando a un mayor crecimiento tendencial. La reciente aprobación de la Ley de Reconstrucción va a en esa dirección, pero no es por sí sola suficiente para lograr un crecimiento sobre 3% de forma persistente en los años posteriores.