Es mediodía. Afuera está por desatarse un diluvio en Santiago. Adentro, sentadas alrededor de una mesa de mantel blanco y platos con pequeños sándwich y pastelitos, cuatro mujeres que saben de educación se disponen a conversar. La excusa que las reúne son los 170 años de la SIP Red de Colegios, corporación de derecho privado sin fines de lucro que -financiada principalmente a través de la subvención escolar- entrega educación gratuita a más de 23.000 estudiantes en 17 colegios ubicados en 12 comunas de la Región Metropolitana. Pero eso es sólo la excusa, porque aquí ocurrirá lo que siempre es el sino de las conversaciones: cuando empiezan, toman vida propia. Más aún si son grupales.
Las contertulias son la socióloga Patricia Matte, quien por cerca de 30 años tuvo un rol activo y directivo en la SIP; la profesora Lily Zúñiga, presidenta de esta corporación educativa; la académica y premio Nacional de Historia Sol Serrano, quien ha incluido a la educación en sus investigaciones profesionales y en sus libros; y Susana Claro, ingeniera que -posgrados mediante- se ha especializado en temas educativos, fue cofundadora de Enseña Chile y hoy es profesora en la Escuela de Gobierno UC, entre otras ocupaciones.
Para abrir los fuegos, cada una explica cómo nació su interés por la educación.
Parte Lily Zúñiga, quien cuenta que Gonzalo Vial y su esposa María Luisa Vial -fundadores de la Fundación Educacional Barnechea, enfocada en estudiantes de escasos recursos- la invitaron a ser ayudante en algunas clases, mientras ella estudiaba en la universidad. “Ahí aprendí lo que una persona podía hacer por otras personas, que realmente se podían producir milagros. Me fasciné y quise ser profesora para siempre”, dice. “Gonzalo Vial siempre repetía una frase de Claudio Matte -personaje clave en SIP y creador del famoso silabario que lleva su apellido-, que decía: ‘La educación no solamente debe llenar de conocimiento, sino que desarrollar facultades’”.
Patricia Matte cuenta su experiencia. “Yo partí con el tema de pobreza. A mí me marcó mucho eso. Yo soy socióloga y me tocó la buena suerte de entrar a trabajar a Odeplan, donde creamos un sistema para identificar a los niños más pobres, el mapa de extrema pobreza, y eso me obligó a recorrer el país. Aprendí también de personas como el doctor (Fernando) Monckeberg (del INTA), que me marcó muchísimo, porque él dijo que la nutrición es mucho más importante que la educación para empezar. Comencé a darme cuenta de que un primer paso era que los niños no fueran desnutridos, pues de lo contrario nada se podía hacer en educación. Luego me llamó la señora Luz Matte, vicepresidenta de la SIP en ese tiempo, para que entrara a la institución. Hasta el día de hoy doy gracias a Dios de haberme tocado esa secuencia y haberme podido meter en ese riel que significa asegurar el bienestar de una familia que había nacido de una forma muy diferente a la mía. Yo siempre tenía una especie de complejo de culpa por eso, la tengo hasta el día de hoy, de saber que tuve demasiado, una hilera de buenas cosas, buena familia, buen colegio… Yo había tenido esa suerte y podía transferirla a otros que no la habían tenido”.
"Yo siempre tenía una especie de complejo de culpa por eso, la tengo hasta el día de hoy, de saber que tuve demasiado, una hilera de buenas cosas, buena familia, buen colegio… Yo había tenido esa suerte y podía transferirla a otros que no la habían tenido”, dice Patricia Matte.
Susana Claro toma la palabra. Recuerda los trabajos de invierno cuando era estudiante en la UC y hacían mediaguas en las poblaciones. “Uno se da cuenta de que si no trabajamos en educación para aumentar las oportunidades desde que las personas están en sus primeros años, vamos a estar siempre haciendo mediaguas, que al final son un parche. Por eso decidí empezar a meterme a educación”. Empezó como emprendedora social, dice, y hoy se dedica a la investigación con foco en la desigualdad de oportunidades entre escolares y habilidades socioemocionales.
Es el turno de Sol Serrano, quien habla como si declamara. Es la más performática del grupo. “Reconozco haber llegado a la educación por otras razones. Yo soy de campo y como ya tengo bastantes años conocí un poco el campo antiguo, cuán abandonado era. Pero quizás lo que más me impresionaba era una escuela que había en 300 kilómetros cuadrados y los niños llegaban peinados al agua. Lo encontraba conmovedor. Por eso y muchas otras cosas me dediqué a la historia de la educación, en parte por un cierto enamoramiento, por la pertenencia a este país. Tenía que ver más bien con mis propias emociones”. Y continúa: “En mis investigaciones me interesó cómo la religión, que era el saber antiguo, iba transformándose o no respecto al Estado moderno, que era laico, y entonces me interesó también el pensamiento abstracto de escuela. No puede haber nada más abstracto que saber leer y escribir, que es bastante distinto a cantar en una procesión”, dice, y se ajusta sus lentes con marco rojo intenso.
Porcentajes
Al verlas a todas tan entusiasmadas con el tema, una pregunta simple: ¿cuánto tiempo de sus vidas, no sólo del trabajo, le dedican a la educación? Lily Zúñiga no duda: “Que la familia no me oiga y los amigos tampoco, pero diría que al menos un 80%. Voy a los colegios, leo del tema, me meto a redes sociales. Mis hijos me dicen: ‘Ya mamá, córtela’”. Susana Claro responde con un enfático “todo”: “O sea, cuando uno no está educando en la familia, está educando a los universitarios y después estoy haciendo investigación. También estoy en directorios y en emprendimientos como la red de Por un Chile que Lee. Hace ocho años me invitaron también al directorio de Icare y me encantó lo que me dijo en ese minuto Manuel Vargas para convencerme: ‘La empresa también educa’”.
“Que la familia no me oiga y los amigos tampoco, pero diría que al menos un 80% (de su tiempo lo dedica a educación). Voy a los colegios, leo del tema, me meto a redes sociales. Mis hijos me dicen: ‘Ya mamá, córtela’”, cuenta Lily Zúñiga.
Patricia Matte responde con un guiño a Zúñiga: “La Lily es agotadora (se ríe). Mi porcentaje es un poco más bajo que el de ella. Tengo ya 83 años y hace como 10 decidí que la SIP requería que otra gente se apasionara igual que yo. Vi que había una generación de relevo que podía continuar la labor y reconozco que pasaron dos años en que me decidí a no meterme mucho: cuando uno ha sido vicepresidenta y luego presidenta ahí, no puede seguir toda la vida. Pero ahora he resuelto que parte de mi felicidad es ir a las escuelas. Es algo terapéutico, una cosa a la vena, ver cómo funciona la escuela, cómo los niños están felices, cómo los apoderados participan. Te mantiene la vida llena de fuerza. Iría más, pero están las restricciones que me ponen en la casa para no ir a hacer locuras, ir al barrio no sé cuánto, donde disparan, matan gente. Entonces me declaran en interdicción porque yo quiero ir para allá”.
- ¿Y en tu caso, Sol?
- Al contrario de mis antecesoras que son buenas de corazón (todas se ríen), altruistas, que creen genuinamente en el progreso, ¿cuánto le dedico yo a la educación hoy?
Entonces la historiadora levanta la mano y hace un cero con los dedos. “Cero”, ratifica. A Lily Ariztía se le escapa un “no te creo”. “¿Y cuánto le dedico a la historia? 100”, señala Serrano. La presidente de la SIP contrataca: “Pero todo proceso histórico incluye educación”. Serrano se defiende: “A ver. La experiencia que todas ustedes tienen con el mundo es muy distinta a la experiencia más bien solitaria y que no es nada abstracta, pero es intelectual, de la historia”. “Eso es verdad”, apoya Matte. Y Serrano continúa: “Soy profesora universitaria, es cierto. Pero ya no hago cátedra, para envidia tuya seguramente (mira a Susana Claro, que se ríe). Lo que más he hecho en educación es dirigir tesis doctorales. Entonces no me siento educando. A mí me acomplejan mis contertulias de esta mañana, porque saben de educación y yo no sé”.

“Oye, pero yo leí un libro tuyo que es completo sobre la importancia de la educación, ¿qué historiadora ha escrito algo así?”, la interrumpe Matte. La aludida aclara: “Pero está vinculado a la sociedad. Si a mí me pones en una sala de clases, me quedo muerta”.
La violencia
En esta mesa de mujeres conversadoras se tocan varios temas, como el impacto en educación del descenso de la natalidad en Chile -que reducirá las matrículas y podría complicar el financiamiento- o por qué la calidad de nuestra educación se ve en aprietos con los malos resultados en la prueba PISA (ver recuadro). También la violencia escolar y sus frecuentes episodios en los colegios. Desde agresiones entre alumnos hasta amenazas a los profesores, como ocurrió hace un mes con la rectora del Instituto Nacional.
“Ese es un tema que nos preocupa muchísimo -comenta Ariztía-. El colegio no es más que un reflejo, un espejo de lo que está pasando en la sociedad. Y creemos que el acompañar, el crear vínculo, es un antídoto cuando un alumno viene de la soledad, de la ausencia de referente, con problemas. El acompañamiento puede disminuir esto que pasa. Muchos de nuestros alumnos vienen de entornos altamente vulnerables, tenemos un 70% de vulnerabilidad. Muchas veces lo que hay que hacer no es más allá que mostrarles cosas que no conocen, y no siempre son cosas académicas; a lo mejor es malo para la matemática, pero muy bueno para arte o deporte, o se le enseña a debatir y eso le cambia el mundo. Vemos hoy una fuerte falta de acompañamiento, de seguridad, de amor, que es la función de los padres y la familia; pero pasa que ese núcleo también ha desaparecido”.

Susana Claro precisa que “hay muchos niveles distintos de violencia escolar. La violencia que se causa al tener el narcotráfico metido alrededor y dentro de la escuela; la violencia de los movimientos políticos; etc. La convivencia hay que enseñarla desde chiquitito, se parte en el hogar. Si no se trabaja, ni siquiera sabrás que estás reaccionando así porque estás triste; no es enojo, sino que terminas gritándole al del lado para protegerte. En eso nos queda mucho por mejorar en Chile… Después viene todo el tema de seguridad, donde se ha generado la idea de que la violencia está en todos los colegios, y no es así: hay colegios haciendo un trabajo impresionante, muy inspirador, donde los chicos están muy seguros”.
“La escuela es el espejo de la sociedad -toma la palabra Sol Serrano-. Y como sociedad no hemos encontrado nada mejor que ponerle un velo a ese espejo, así es más fácil echarle la culpa de todo. Hay una discontinuidad muy profunda entre la escuela y la sociedad, pues se le pide que sea mucho mejor que la sociedad, más aún: que repare lo de la sociedad que no funciona. La sociedad le pide a la escuela lo que no le da. Hay además una radical crisis de la autoridad; y cuando la escuela la pierde, casi toda la sociedad ya la ha perdido antes. Y esa violencia se manifiesta más en la escuela porque están todos juntos, si no sería sólo la calle. Y toda esa violencia sistémica… ¿hay un sinónimo de sistémica?, me carga esa palabra”.
Lily Ariztía toma su celular: “Preguntémosle a Claude”. Sol continúa: “Bueno, el asunto es que todo el mundo le pide al colegio que arregle esa violencia”. Mira a sus compañeras de charla, y agrega: “Entonces ustedes, con lo que hacen, son literalmente misioneros en el sentido más riguroso del término. O sea, que van a salvar a los que puedan salvar, pero sabiendo que no al sistema mismo. ¡Pero por Dios que vale la pena hacerlo aunque sea uno a uno!”.
“Hay muchos niveles distintos de violencia escolar. La violencia que se causa al tener el narcotráfico metido alrededor y dentro de la escuela; la violencia de los movimientos políticos; etc. La convivencia hay que enseñarla desde chiquitito, se parte en el hogar", explica Susana Claro.
Del respeto perdido a los profesores, la conversación salta a cómo tampoco ayuda en eso el exceso de burocratización al interior de los colegios. Tampoco la burocracia estatal y, a decir de Serrano, “sus kilos de papeles”. Patricia Matte cuenta una historia: “¿Qué hacemos con los miles de pisos que tiene el Ministerio de Educación? Me acuerdo cuando hace muchos años la Mónica Jiménez, que en paz descanse, me dijo una frase increíble: ‘Hay pisos completos del ministerio que no logro penetrar’. Me preguntó qué hacer. Le dije: ‘Escápate de ese edificio, donde hay pisos completos de gente del siglo pasado, burócratas, y sale a recorrer los colegios, conversa con los profesores, los apoderados’. Lo hizo mientras pudo”.
“Mientras le tiraban agua, dices tú”, dice Serrano, poniendo una nota de humor; aludiendo cuando a la ex ministra de Educación una estudiante le vació encima un jarro con agua.

La tinta
Cuando la conversación ya casi termina, Sol Serrano pide hacer las palabras al cierre. “La educación ha sido en Occidente, vuelvo a mediados del siglo XVIII, extraordinariamente lenta en sus resultados. Y ha tenido mucho que ver con el vínculo con las familias y con las iglesias; el Estado entró después. Son todos fenómenos muy societarios. En cambio, para nosotros en Chile fue un fenómeno muy estatal, porque no había incentivo mayor en la sociedad para ir a la escuela, ya que no aseguraba nada más después: la relación entre educación y progreso laboral es muy tardía. En este sentido, la SIP era este intento de las élites ilustradas de mediados del siglo XIX, bastante transversales políticamente, por educar. Estas organizaciones de la sociedad civil aportaron en metodología, en currículum. Si uno piensa en los grandes nombres de la historia de Chile hasta comienzo de siglo XX, son de la educación primaria: Miguel Luis Amunátegui, Claudio Matte, Darío Salas. O sea, las grandes cabezas del Estado siempre han estado en la primaria, sin embargo el presupuesto no”.
Hace una pausa. Entonces, teatral, pide que si algo de ella se consigne en esta entrevista sean las palabras que a continuación dirá, citando a Amunátegui sobre el valor de la educación primaria: “Correrán oleadas de tinta allí donde corrían oleadas de sangre”. Casi saca aplausos. “Maravilloso”, comenta Lily Ariztía, mientras Serrano les confidencia que incluso le gustaría que esa frase -“tan linda, tan republicana”- la pongan en su epitafio.

Un poco más allá, Patricia Matte se pone su abrigo. Afuera ya cae copiosa la lluvia. Y ella está contenta, aunque por razones más simples. Como el almuerzo que la espera en casa. Antes de empezar la conversación había contado que -con este día sorprendentemente invernal- encargó que le hicieran cazuela, uno de sus platos favoritos, “y con asado de tira, como es la tradicional”.
El sospechoso
Chile registró una caída en todos los resultados del último estudio PISA (2025), realizado por la OCDE para medir el rendimiento académico de estudiantes de 15 años. La baja fue en todas las áreas: matemáticas, lectura, ciencias naturales y resolución computacional de problemas.
Con acuerdo de todas, es Susana Claro quien toma la palabra: “Hay dos historias: PISA y el SIMCE. En el SIMCE de cuarto básico estamos ahora al nivel de prepandemia, que es lo más alto que hemos tenido, aunque nunca hemos podido lograr más de la mitad de estudiantes leyendo adecuadamente en ese curso. O sea, estamos mejorando a un ritmo lento y nos queda todavía subir al carro más de la mitad de la generación. Pero en segundo medio, a los 15 años, que es donde mide PISA, estamos viendo una baja permanente hace 10 años en los colegios del sector socioeconómico más alto y han ido cayendo, como en cascada, todos los demás. Al año siguiente empezaron a bajar los del grupo medio alto y después el grupo medio, donde está el 50% del país. Ahí comenzó a bajar el promedio total y se empezó a notar”.
Patricia Matte la mira y dice: “Susana, ahí la explicación es principalmente por las pantallas, ¿no?”. La ingeniera responde: “Sí, es el principal sospechoso en este minuto. Lo digital. Es lo que dice Andreas Schleicher, el director de educación de la OCDE. La evidencia que tienen es que los chicos contestan bien las preguntas cortas, pero cualquier cosa de más de 400 palabras ya no la contestan rápido”.
Interviene de nuevo Matte: “Pasó en países ultra desarrollados, como en Suecia, Noruega. Suecia fue el primer país que adoptó un computador para cada alumno en el colegio, que eran entregados por el Estado; y ahora son los primeros que lo dejaron. Hicieron una evaluación bien hecha, con grupo de control y todo, y demostraron que las pantallas habían empeorado la calidad de la educación”.
Retoma Claro: “Sí. Están empeorando la capacidad de lectura profunda, de concentración. Entonces lo que recomienda Andreas es como el gimnasio: hay que practicarlas. No se trata simplemente de que lo entiendas, que ya es bueno, sino que debes tener horas de gimnasio mental. Eso, dice él, hay que protegerlo en la escuela y dar tiempo de lectura profunda, de meterse en los libros, etc”.
Remata Zúñiga: “En la SIP prohibimos los celulares en casi todos los colegios; este año fuimos categóricos y es impactante. Antes ibas a los colegios y veías a los niños todos con las pantallas haciéndose bullying en el recreo. Ahora han vuelto el taca-taca, jugar al pillarse. Es otro recreo”.