Ricardo Caballero estuvo hace pocos días en Chile y dijo lo siguiente: “Las rigideces rompen esa sincronización. La destrucción precede a la creación y el desempleo se acumula. Esa es una advertencia directa para Chile (…) la inteligencia artificial (IA) tiene una enorme capacidad para sustituir trabajo inflexible”. La idea viene de un trabajo suyo con Mohamad Hammour en los noventa: en un mercado flexible, los empleos nuevos surgen en forma sincronizada con la desaparición de los antiguos. La rigidez no impide que los roles se eliminen, impide que se creen los que vendrán después. El desempleo es la brecha que deja una destrucción creativa desincronizada. Con la ley de reconstrucción ya aprobada, el próximo paso es una reforma laboral.
Estoy involucrado en el sector gastronómico y veo de cerca lo que cuesta armar los turnos de un restaurante. Se puede abrir los domingos, pero al menos dos de los días de descanso de cada trabajador en el mes deben caer en domingo y las horas de ese día tienen un recargo. Nadie puede trabajar más de seis días seguidos y la jornada tope es de diez horas. El máximo semanal, hoy en 42 horas, llega a 40 en 2028. Los turnos cortados se permiten pero son caros. Estas restricciones convierten la malla de turnos en un problema de optimización que me recuerda las pruebas del profesor Contesse en la Escuela de Ingeniería. Y el óptimo suele ser minimizar el número de personas.
Quienes trabajan en un restaurante suelen ser jóvenes y estudiantes que buscan un empleo compatible con otras actividades. La rigidez no los protege: los empuja fuera de la formalidad, donde no hay protección alguna. Se acusa de precario al trabajo flexible, cuando la precariedad de verdad la vive quien no tuvo más opción que la informalidad. La desocupación entre 15 y 24 años alcanzó 23,5% en el trimestre mayo-julio, dos veces y media la tasa nacional de 9,5%; la informalidad en ese grupo, medida hasta abril-junio, llegó a 34,6%, contra 27,0% del país. Según las cifras de mayo-julio, quienes buscan trabajo por primera vez aumentaron 20,9% en doce meses. El cardenal Chomali, en su carta a los empresarios, escribió que “detrás de cada joven desempleado se van acumulando rabias y resentimientos cuyas consecuencias todos conocemos”.
“Se acusa de precario al trabajo flexible, cuando la precariedad de verdad la vive quien no tuvo más opción que la informalidad”.
La disrupción de la IA apunta precisamente ahí. Según la última versión de “Canaries in the Coal Mine”, de Brynjolfsson, Chandar y Chen, el empleo de los trabajadores de 22 a 25 años en las tareas más expuestas a la IA está 19% por debajo de donde estaría si hubiera seguido el ritmo de sus pares menos expuestos; entre los de más experiencia no se observa la misma brecha. The Economist describía en enero un posible cambio de forma de las estructuras organizacionales: de la pirámide al rombo, angosto arriba, ancho al medio, angosto abajo. Cuesta imaginar la sucesión en empresas sin cantera que formar.
Puede que la adopción de la IA sea gradual y tengamos algo de tiempo. Pero enfrentamos esta disrupción con un mercado laboral rígido y una generación a la que le estamos cerrando la puerta. A los jóvenes les pedimos experiencia para avanzar en su carrera y ésta se adquiere en los primeros trabajos. Esos son justamente los roles que están en riesgo, mientras discutimos mejoras pensando en quienes ya tienen empleo.