Vivimos en una época que parece tener una fascinación especial por empezar de nuevo.
Cada cambio tecnológico viene acompañado de palabras como disrupción, transformación o reinvención. Como si para avanzar fuera necesario dejar atrás todo lo anterior. Como si la experiencia acumulada por generaciones fuera, más que un activo, una carga.
No estoy seguro de que sea así.
En los próximos días me tocará participar en Londres en la ceremonia de apertura del año judicial, una de esas ocasiones en que la historia y las instituciones se hacen visibles. Togas, pelucas, protocolos y ritos que han sobrevivido durante siglos. Algunas de estas formas pueden parecer anacrónicas, pero detrás de ellas hay algo más profundo: la conciencia de que las instituciones no se construyen de un día para otro y de que su legitimidad también es fruto de una historia compartida.
Esto no significa conservar todo por el solo hecho de ser antiguo. Las tradiciones que pierden contacto con la realidad terminan convertidas en piezas de museo. Pero hay una diferencia importante entre cambiar y borrar.
“La inteligencia artificial puede ayudarnos a trabajar mejor y más rápido. No debería hacernos olvidar aquello que solo se aprende después de años de enfrentar problemas, tomar decisiones y también equivocarse”.
Las instituciones, las profesiones y las personas acumulan experiencia. Aprenden de sus aciertos y, especialmente, de sus errores. Desarrollan criterios que muchas veces no están escritos en ningún manual. Ese conocimiento también es capital y toma décadas construirlo.
La irrupción de la inteligencia artificial hace esta discusión especialmente relevante. Nunca habíamos tenido acceso a tanta información ni a herramientas capaces de procesarla con semejante velocidad. En el derecho, como en muchas otras profesiones, ya estamos viendo transformaciones que hace pocos años parecían difíciles de imaginar.
Frente a esto, es natural preguntarnos cómo preparar a las nuevas generaciones. Pero hay otra pregunta igualmente importante: ¿cómo incorporamos a esta transformación la experiencia de quienes llevan décadas ejerciendo una profesión?
Hace pocos días se lanzó, en el Colegio de Abogados, TrayectorIA, una iniciativa que busca acercar la inteligencia artificial a abogados mayores de 60 años. Me parece valiosa precisamente por lo que representa: el encuentro entre una tecnología extraordinariamente nueva y décadas de ejercicio profesional.
Una herramienta puede revisar miles de documentos en segundos. Pero saber qué pregunta hacer, distinguir lo importante de lo accesorio, detectar un riesgo que no aparece a primera vista o comprender las consecuencias de una decisión sigue requiriendo criterio.
Y el criterio se construye con experiencia.
El desafío, entonces, no es elegir entre tecnología y experiencia, sino conseguir que ambas trabajen juntas. La inteligencia artificial puede ayudarnos a trabajar mejor y más rápido. No debería hacernos olvidar aquello que solo se aprende después de años de enfrentar problemas, tomar decisiones y también equivocarse.
Las sociedades progresan cuando son capaces de cambiar sin perder la memoria. Cuando cada generación recibe lo construido por las anteriores, lo cuestiona, lo mejora y lo entrega a quienes vienen después.
Frente a la velocidad de los cambios que estamos viviendo, conviene recordar algo simple: avanzar no significa partir de cero.
El futuro también se construye sobre lo que hemos sabido preservar.