Hace apenas unos años, una de las promesas de la inteligencia artificial (IA) era bastante simple. Llegaría un momento en que compraría por nosotros. Bastaría con decirle qué necesitamos y ella se encargaría de comparar, elegir y resolver. Sonaba lógico. También cómodo. Pero las cosas están ocurriendo de otra manera.
Pensemos en algo cotidiano. Queremos cambiar el televisor, contratar un seguro o comprar una bicicleta para nuestros hijos. Hoy una IA puede comparar modelos, resumir cientos de opiniones, encontrar diferencias de precio y sugerir una alternativa en cuestión de minutos. Hace buena parte del trabajo pesado. Y aun así, muchas veces terminamos llamando a alguien, leyendo una opinión más o pasando por una tienda antes de decidir.
Podría pensarse que simplemente todavía desconfiamos de la tecnología. Algo de eso hay. Una investigación internacional reciente, realizada en 15 mercados, muestra que un 27% de quienes conocen estas herramientas ya las utiliza para investigar productos antes de comprar. Solo un 9%, en cambio, permite que una IA haga la compra de manera autónoma.
Esa distancia dice bastante. Estamos aprendiendo rápido a usar la inteligencia artificial para decidir mejor, pero seguimos siendo bastante reacios a entregarle la decisión completa.
Y tiene sentido. Una IA puede procesar más información de la que cualquiera de nosotros podría revisar en una tarde, pero comprar nunca ha sido solamente comparar datos. También pesa la confianza, la recomendación de alguien conocido, la experiencia previa y esa sensación difícil de medir de estar tomando una buena decisión. A veces queremos eficiencia. Otras veces queremos simplemente quedarnos tranquilos.
Ahí parece estar encontrando su lugar la inteligencia artificial. Como asistente funciona extraordinariamente bien. Como sustituto de nuestro criterio, bastante menos. Le pedimos que reduzca el ruido, que ordene opciones y que nos ayude a entender mejor. Cuando hay dinero, bienestar o decisiones familiares involucradas, seguimos queriendo tener la última palabra.
Para las empresas, esto importa. Durante años, automatizar fue casi sinónimo de avanzar. Menos fricción, menos pasos, menos intervención humana. Pero eliminar todo contacto humano también puede significar eliminar parte de aquello que genera confianza. Un vendedor que entiende lo que buscamos, probar un producto o escuchar la opinión de alguien cuya experiencia conocemos todavía puede inclinar una decisión.
La inteligencia artificial va a seguir ocupando espacio en nuestras compras. Probablemente mucho. Lo interesante será ver hasta dónde estamos dispuestos a entregárselo.
Porque quizás terminemos dejando que las máquinas busquen, comparen y recomienden casi todo. Pero, al menos por ahora, cuando llega el momento de decidir, todavía queremos ser nosotros quienes hagan el último clic.