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Gina Ocqueteau

El trabajador que está, pero no está

GINA OCQUETEAU emprendedora

Por: Gina Ocqueteau

Publicado: Jueves 8 de octubre de 2026 a las 04:04 hrs.

Gina Ocqueteau

Gina Ocqueteau

El 10 de octubre conmemoramos el Día Mundial de la Salud Mental y quisiera comenzar analizando el cambio estructural está experimentando el sistema de salud en Chile. Durante el período de enero-mayo de 2026, se emitieron 2,7 millones de licencias médicas electrónicas (LME), lo que representa una disminución del 21,1% en comparación con el mismo lapso del año anterior, según la Superintendencia de Seguridad Social.

Hablamos de la primera causa de licencias en Chile, que el año pasado representó casi un tercio del total. Tras las irregularidades detectadas por Contraloría, fue necesario fiscalizar, pero sería un error leer ese número como una buena noticia sanitaria. Menos licencias no significa necesariamente menor sufrimiento.

Hay una máxima que se aplica en el mundo de la salud y es que el paciente que no se queja no siempre es el que está mejor. A veces alguien ni siquiera tiene fuerzas para pedir ayuda, y en las empresas ocurre algo parecido. El riesgo está en quien se ausenta, pero también en quien llega todos los días, cumple horario y está, pero realmente no.

“Fiscalizar el mal uso de las licencias y cuidar la salud mental son cosas que van de la mano. Podemos cumplir con ambas siempre que no confundamos silencio con bienestar”.

Eso tiene nombre, se llama presentismo y la evidencia muestra que es mucho más caro que el ausentismo. Un estudio publicado en 2025 en el Journal of Occupational and Environmental Medicine, con más de 27 mil trabajadores japoneses, estimó que la productividad perdida por personas que trabajan con problemas de salud mental supera los 46 mil millones de dólares al año. Las ausencias, en cambio, costaron menos de 2 mil millones. El costo de estar sin estar es unas 25 veces mayor que el de no estar. A escala global, el último informe State of the Global Workplace de Gallup muestra que apenas el 20% de los trabajadores se siente comprometido con su trabajo, el nivel más bajo desde el año 2020. Además de la pérdida en productividad, esto implica que salud mental y desempeño no son dos agendas distintas, sino parte de la misma conversación.

Pero hay un dato de ese informe que me parece aún más revelador, y del que casi no se habla. El compromiso de las jefaturas también está a la baja, y los líderes reportan más estrés, tristeza, rabia y soledad que quienes no tienen equipos a cargo. Les pedimos a los mandos medios que detecten el agobio de otros, que contengan y escuchen, mientras ellos mismos están al límite. Es como pedirle a un salvavidas que rescate a alguien cuando él también se está hundiendo.

¿Qué podemos hacer distinto? Primero, medir lo que no se ve. Las licencias son lo más visible, pero también hay que vigilar la energía, la carga y el sentido del trabajo, y actuar de acuerdo a esa información. Segundo, invertir en quienes lideran, con formación en salud mental, acompañamiento entre pares y cargas realistas. Tercero, dejar de premiar el heroísmo de trabajar enfermo. Una cultura que aplaude al que “nunca falta” está enseñando a esconder el malestar.

Fiscalizar el mal uso de las licencias y cuidar la salud mental son cosas que van de la mano. Podemos cumplir con ambas siempre que no confundamos silencio con bienestar. Más que chequear cuántas personas faltaron al trabajo, deberíamos fijarnos en cuántas llegaron sin poder estar realmente ahí. Esa es la cifra que nos falta, y probablemente la que más nos cuesta.

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