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Jorge Sahd

América Latina de derecha

JORGE SAHD K. Director Centro de Estudios Internacionales UC

Por: Jorge Sahd

Publicado: Miércoles 14 de octubre de 2026 a las 04:03 hrs.

Jorge Sahd

Jorge Sahd

Si Flávio Bolsonaro se impone en la segunda vuelta en Brasil, las fuerzas de derecha habrán ganado 14 de las últimas 17 elecciones presidenciales en América Latina. Una nueva ola, con la gran pregunta si podrá proyectarse o será otro episodio del eterno péndulo latinoamericano.

Entre 2019 y 2023, el voto de castigo se convirtió en la principal fuerza política regional, imponiéndose en prácticamente todas las elecciones, con las excepciones de Nicaragua –sin democracia- y Paraguay. Una región que pasó del boom de los commodities con, quizás, la mayor transformación social de su historia reciente, a un estancamiento casi endémico desde 2014. El resultado fue una profunda desafección ciudadana y un fenómeno que la política tradicional todavía no logra calibrar: no existen cheques en blanco ideológicos. Pasamos de la política de las ideologías a la política del delivery.

Hoy existe una segunda oportunidad para la derecha. Pero para no repetir la historia, la derecha deberá superar cuatro pruebas.

“Una región rica en minerales críticos, energía y recursos naturales, hoy en el centro de la economía mundial, puede recuperar protagonismo. Pero necesita visión, cooperación y resultados”.

La primera es mostrar resultados. La seguridad y el crecimiento económico desplazaron a la igualdad y los derechos sociales como principales demandas ciudadanas. La derecha parte con viento a favor: su oferta parece más creíble frente al crimen y el estancamiento. Pero la confianza tiene fecha de vencimiento. Sin resultados contundentes, el apoyo se evaporará.

La segunda es abandonar el “sálvese quien pueda”. La afinidad ideológica puede traducirse en cooperación concreta. Desde la competencia por atraer inversiones, como el RIGI argentino y la invariabilidad tributaria chilena, hasta la integración energética y minera, pasando por corredores bioceánicos y otros proyectos de infraestructura transfronteriza. Pero eso requerirá romper el prejuicio hacia lo multilateral y entender que espacios de integración efectivos ayudan a este tipo de iniciativas.

La tercera es administrar la relación con Estados Unidos. La doctrina Donroe de Trump, maximalista y transaccional, plantea un desafío mayor. No todos tienen los mismos incentivos: Sudamérica depende crecientemente de China, mientras Centroamérica mantiene una dependencia estructural de Washington. Colombia y Ecuador, por ejemplo, requieren una cooperación más intensa contra el crimen organizado. Chile debe actuar con mayor pragmatismo. Adherir al Escudo de las Américas era prácticamente inevitable, pero no significa entregar un cheque en blanco a EEUU. El baile es de a tres y China también está en la pista.

La cuarta, y quizás más importante, es pensar estratégicamente. Gobernar no es lo mismo que construir un proyecto político. La derecha debe tomarse en serio las relaciones internacionales, ocupar espacios y levantar agendas comunes. Si la izquierda hizo de la igualdad y los derechos sociales sus grandes banderas -favorecida por la bonanza fiscal- la derecha debe reivindicar sin complejos la libertad económica, la seguridad y, por qué no, la democracia. Una democracia golpeada por la desafección, pero que sigue siendo el mejor resguardo de las libertades, los derechos y la dignidad humana.

La oportunidad es enorme. Una región rica en minerales críticos, energía y recursos naturales, hoy en el centro de la economía mundial, puede recuperar protagonismo.Pero necesita visión, cooperación y resultados. La derecha puede ganar América Latina. Lo difícil será demostrar que sabe hacer algo más que ganarle a la izquierda.

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