Chile enfrenta una encrucijada. Firmar el llamado Acuerdo Comercial Recíproco con Estados Unidos y así evitar el arancel de 12,5%; o seguir negociando producto por producto, con el riesgo de no reducir ese 12,5%. En la primera, podemos bajar a un arancel de 10%, lograr excluir productos afectados, pero damos por muerto el TLC de más de dos décadas; en la segunda; arriesgamos mantener el 12,5%, seguimos negociando exclusiones, pero reafirmamos la plena vigencia del TLC.
Un verdadero “zapato gringo”, porque no se trata sólo de una negociación comercial, sino también política. El dilema chileno es distinto al de otros países, como Argentina, Ecuador o Guatemala. Ellos no contaban con un TLC que garantizara acceso preferencial al mercado estadounidense. Chile sí. Y, paradójicamente, todo indica que el acuerdo que hoy propone Washington nos dejaría en una posición peor que las acordadas hace más de 20 años. ¿Se imagina a un gobierno celebrando un acuerdo con Estados Unidos que consagra como regla general un arancel permanente de 10%? Políticamente sería muy difícil de explicar.
Lo que estamos viendo forma parte de una estrategia global de Estados Unidos para redefinir su política comercial. Tras el fallo de la Corte Suprema que limitó el uso de la ley bajo la cual el presidente Trump impuso los llamados aranceles recíprocos, la Casa Blanca encontró una nueva vía: utilizar la legislación sobre trabajo forzoso como fundamento jurídico para mantener su agenda tarifaria. El objetivo es el mismo: inducir a los países a firmar nuevos Acuerdos Comerciales Recíprocos.
“En una política exterior cada vez más transaccional e impredecible, la cercanía ideológica no constituye un cheque en blanco”.
En una política exterior cada vez más transaccional e impredecible, la cercanía ideológica no constituye un cheque en blanco. El caso chileno lo demuestra con claridad. La buena relación política entre ambos gobiernos no se ha traducido, en los hechos, en un trato preferente. Porque Donald Trump no actúa principalmente por afinidad ideológica, sino bajo una lógica de negociación permanente.
Debemos acostumbrarnos a que estas políticas arancelarias llegaron para quedarse. Podrá cambiar la retórica de la próxima administración, habrá probablemente mayor predictibilidad, pero la redefinición de la política comercial estadounidense seguirá avanzando. El consenso en Washington sobre la necesidad de proteger sectores estratégicos, reducir dependencias y utilizar el comercio como herramienta de seguridad nacional trasciende a Trump.
¿Qué debiera hacer Chile? A diferencia de países que no cuentan con un TLC, sería un error apresurarse por firmar un nuevo Acuerdo Comercial Recíproco que signifique ponerle una lápida a nuestro TLC. No siendo el ideal, pero sí la alternativa de mal menor, Chile debe negociar producto por producto, intentando reducir el 40% de nuestras exportaciones afectadas. Hay argumentos sólidos para hacerlo: el salmón chileno no tiene un sustituto inmediato en el mercado estadounidense y nuestras frutas cumplen una complementariedad estacional difícil de reemplazar.
Pero también es una oportunidad para pensar “fuera de la caja”. Chile puede ofrecer a Estados Unidos alianzas estratégicas de largo plazo en minerales críticos, cadenas de suministro seguras y mayor cooperación en seguridad y defensa.
El viejo dicho advertía sobre el “zapato chino”. Hoy Chile enfrenta otro tipo de incomodidad: el zapato gringo. Y, como ocurre con cualquier zapato que aprieta, el problema no desaparece aprendiendo a caminar con él, sino ajustarlo para seguir caminando cómodo.
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