La IA también necesita permiso para existir
FRANCISCO KLIMA DIRECTOR EJECUTIVO DE DINÁMICA PLATAFORMA
Mientras discutimos sobre los desafíos futuros que trae el desarrollo de la IA, la industria que la sostiene resuelve problemas bastante más concretos: sus data centers necesitan electricidad, minerales, terrenos y capital. Necesitan algo que no se fabrica en una planta ni se resuelve con la misma IA: lugares capaces de recibir todo eso y dispuestos a convivir con ello.
La Agencia Internacional de Energía calcula que el gasto de capital de cinco grandes tecnológicas superó los US$ 400 mil millones en 2025 y crecería otro 75% este año, y que el consumo eléctrico de los data centers pasará de 485 TWh en 2025 a unos 950 TWh en 2030. Pero todo eso tiene que construirse en alguna parte, y ahí la nube toca tierra: comunidades, actividades productivas y formas distintas de entender un mismo lugar. Eso es socioterritorial.
En EEUU y el mundo la expansión ya enfrenta resistencia por sus efectos sobre el agua, el ruido y las tarifas. Hubo manifestaciones en diferentes estados, algunas localidades establecieron moratorias y varias empresas están rediseñando proyectos para acercarse a las comunidades. The New York Times lo resumió en un título: “los data centers de la IA causan furia desde México hasta Irlanda”.
“Los principales obstáculos para desplegar la tecnología más avanzada del mundo siguen siendo humanos”.
Chile entra en esa historia por dos puertas. Producimos el cobre que esa expansión demanda: al presentar su último informe, la vicepresidenta ejecutiva de Cochilco advirtió que emerge un bloque digital que requiere hasta cinco veces más cobre que las instalaciones convencionales. Y somos destino de esas inversiones: según un catastro de GPS Property, 405 MW de la capacidad proyectada en la Región Metropolitana ya tienen resolución ambiental aprobada. Buena parte de ese mapa se está dibujando ahora.
Y ahí la paradoja. Podemos construir modelos capaces de procesar cantidades extraordinarias de información, y eso no garantiza que entendamos el lugar donde queremos instalarlos. La minería, la energía y la infraestructura llevan décadas aprendiendo esa lección, a un costo alto, y siguen en ello.
El componente socioterritorial suele sumarse tarde, cuando las decisiones relevantes de diseño del proyecto ya fueron tomadas. Y la solución no está en llegar durante la tramitación ambiental a explicar el proyecto, sino en entender antes su emplazamiento: quiénes viven ahí, qué conflictos anteriores dejaron huella y qué puede transformar una inquietud legítima en oposición organizada.
Esas condiciones no son imposibles de anticipar: la evidencia socioterritorial se puede levantar, analizar y comparar entre un emplazamiento y otro, pero solo mientras todavía existe más de uno posible. No se trata de reducir un territorio a una planilla, sino de incorporar al diseño del proyecto una variable técnica adicional, que hoy en día en Chile es la más relevante en términos de viabilidad.
Esa es la ironía de esta revolución: los principales obstáculos para desplegar la tecnología más avanzada del mundo siguen siendo humanos. La energía puede generarse, los minerales extraerse, el capital levantarse y los chips fabricarse. El territorio, en cambio, no es solo el lugar donde aterriza un proyecto: es parte del proyecto, y esta industria no tiene décadas para aprenderlo sobre la marcha.